He tenido siempre memoria excelente, que me permite recordar como si fuera ayer los días de mi feliz infancia en Tuluá, mi pueblo amado, en cuyas calles corrió mi juventud, como dijo bellamente del suyo el compositor José A. Morales.

Aprendí a leer en la escuelita de Ester Roldán y, tan pronto pude juntar letras, mi abuelo paterno Benjamín Restrepo me pedía que le leyera en voz alta las columnas de los más importantes escritores que el doctor Eduardo Santos había reunido para su periódico El Tiempo.

Yo sabía los días de la semana en que me correspondía leer la columna magistral de don Baldomero Sanín Cano, que años después lo comparé con don José Ortega y Gasset, el ilustre filósofo español que nos dejó obras trascendentales como La rebelión de las masas y Meditaciones del Quijote.

Cuando inicié el bachillerato en el Gimnasio Moderno de Bogotá, a los 12 años de edad, todos los días compraba El Tiempo en una tienda cercana, y a los profesores les causaba admiración que el párvulo se sentara en una banca a leer el periódico.

En las páginas del diario liberal leía las columnas de don Enrique Santos Montejo, Calibán, hermano del propietario del diario, que consignaba todos los días en su Danza de las Horas amenos apuntes de la actualidad política y social y todo lo que se presentaba en Bogotá en cines y en teatros. Cuando fueron incendiadas las instalaciones de El Tiempo, es histórica la foto de Calibán sentado frente a su máquina de escribir en medio de los escombros redactando la Danza que saldría publicada al reaparecer el periódico a los cuatro días del criminal asalto.

Ya en el Externado estudiando Derecho, aparte de El Tiempo compraba El Espectador, entonces vespertino, y allí me fascinaban las columnas de Gabriel García Márquez y de Eduardo Zalamea Borda, Ulises. El primero se hizo famoso al narrar durante quince días seguidos el relato del grumete que cayó al mar y pudo sobrevivir asido a un madero rodeado de tiburones; y el segundo, Ulises, en su diaria columna mostraba sus inmensas dotes de escritor, que ya había triunfado con su novela ‘Cuatro años a bordo de mí mismo’.

Inolvidable don Roberto García-Peña, quien aparte los editoriales de El Tiempo, los domingos aparecía bajo su firma Vilanos en el aire, que era la demostración plena del dominio del idioma de don Roberto.

Tengo seria duda en cuanto a la jerarquía literaria de Alberto Lleras Camargo y Juan Lozano y Lozano. El expresidente era un maestro de la pluma y sus columnas en el diario de los Cano se convirtieron en el ariete que tumbó la dictadura de Rojas Pinilla. Y Juan Lozano es a mi juicio el más ilustre columnista político que ha habido en esta Colombia de la que él fue pedazo de su entraña.

El 17 de diciembre de 1986 yo estaba en la tribuna occidental del Pascual Guerrero cuando mi amigo Rafael Araújo Gámez interrumpió la transmisión del partido que jugaban Cali y América para informar que don Guillermo Cano, director de El Espectador, había sido asesinado saliendo del periódico en su automóvil. Fue acribillado por sicarios de la mafia a la que él denunciaba con frecuencia en su columna Libreta de apuntes, y que fue la causa eficiente de su asesinato. Siempre recuerdo a don Guillermo, diez años menor que yo, cuando iba al Gimnasio Moderno a ver jugar tenis a su linda novia Ana María Busquets, quien luego sería su esposa.