Columnista
¿Vale la pena votar?
Hoy, al votar, muchos ciudadanos no creen estar aportando al bien común porque no ven claro que exista algo así como un bien común para todos.
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1 de mar de 2026, 11:45 p. m.
Actualizado el 1 de mar de 2026, 11:45 p. m.
Las elecciones en Colombia se han convertido en eventos que inducen a dilemas que a su vez producen inseguridad y desazón. A la hora de votar por un candidato(a), por un partido político o por una fugaz y dudosa alianza entre partidos y movimientos, muchos pueden llegar a sentirse —como diría Almodóvar— al borde de un ataque de nervios.
No nos la ponen fácil. En no pocas regiones de Colombia hay gente que vota con miedo y con frecuencia el miedo va acompañado del asco. No pocos depositan el voto con una mano mientras sienten la necesidad de taparse las narices con la otra. Hace rato que la política en nuestro país no huele bien, y el ambiente que la acompaña aún no ha sido suficientemente ventilado.
Ese hecho ya debería inquietarnos y ponernos a pensar: cuando en el inconsciente colectivo la política es asociada con algo sucio y maloliente, resulta muy difícil pensar que tiene algo que ver con el bien común, que, si bien no tiene que ser de pureza absoluta y comprobada, en política sí debería, al menos, motivar. Es verdad que nadie es indiferente frente a lo que realmente le conviene, pero al votar uno siente que al interior de esas urnas de cartón se trenzan en caótica mixtura todo tipo de intereses ocultos, legales e ilegales, que configuran una amalgama que bien podría ser el objeto de estudio de la ‘ponerología’, el estudio del mal activo y operante.
A pesar de que hay electores cautivos que nunca se sienten movidos a informarse bien acerca de por quién votar, para muchos otros tener que decidir por quién votar se asemeja a tener que elegir qué sabor de helado escoger frente a una diversidad variopinta de posibilidades atractivas. Entre muchos, veo estos posibles criterios para determinar el voto: votar por los que son o aparentan ser moralmente intachables. Por los que favorecen las causas de los más pobres, o del desarrollo tecnológico y económico. Por los que en su programa de gobierno le apuestan todo a la educación o al cuidado de los recursos naturales. Por una mujer que impulse las causas feministas. Por el político pragmático que ejecuta y realiza obras, así sea mediante alianzas o métodos no muy transparentes. Por el que promete el cambio, aunque no sepamos en qué consista o cómo lo vaya a lograr. Por el menos malo, o el que menos daño haría, o, para muchos, lo más sencillo, por quien nos ofrezca algo a cambio. En Colombia, además, parece crecer cada vez más el voto negativo: voto por A para impedir que triunfe B.
En la antigua Grecia, la actividad política fue entendida como búsqueda del bien común, esto es, lo que conviene a la polis, a la sociedad, a la gente. Posteriormente, eso fue tematizado como búsqueda y realización del bien común, pero en el mundo moderno la política terminó convirtiéndose en una técnica para hacerse con el poder y conservarlo, y como toda técnica, la política también es efectiva independientemente de la moralidad y de las propuestas políticas de quienes la ejercen.
Hoy, al votar, muchos ciudadanos no creen estar aportando al bien común porque no ven claro que exista algo así como un bien común para todos. La percepción de muchos es que, con su voto, apoyan o se vinculan a una especie de empresa electoral en la que unos pocos invierten recursos, muchos participan con su voto, y casi nunca se sabe quiénes son los verdaderos beneficiados. Es comprensible, entonces, que eso que el filósofo Michael Sandel llama “el descontento democrático” enrarezca y desnaturalice la política, una actividad pública regulada y vigilada en la que empresas electorales fingen ser partidos políticos mientras que nadie parece darse por enterado.
A pesar de todo eso hay que votar, y hay que votar bien, es decir, lo mejor que se pueda. Ya lo han dicho muchos: los problemas de la democracia, que son muchos y de muy diverso tipo, no se solucionan con menos, sino con más democracia. Por eso hay que afirmar que la esperanza, además de ser una de las tres virtudes teologales, también tiene mucho que aportar como virtud política.
*Rector de la Pontificia Universidad Javeriana Cali

Rector Universidad Javeriana Cali
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