El rótulo de esta nota editorial es tan contradictorio como llamativo. Algunos dicen que la política es dinámica, cambiante, conveniente y hasta rastrera. El maestro Aristóteles, a quien enseño en mi cátedra de Historia y Filosofía del Derecho, abordaba la política desde una óptica absolutamente necesaria: la ética. Esta, de la que hoy poco se trata y casi nada se aplica; hasta huele mal cuando se pone sobre la mesa. Es lamentable, pero a ese punto de desvalor hemos llegado.

La deontología, la axiología y los preceptos rectores de la cosa pública parecen ser conceptos anacrónicos y hasta cavernarios, de viejitos que olemos a alquitrán, pertenecientes a las academias que realmente aún son humanistas y orbitan en el sistema de lo meta político y jurídico en busca de la materialización de los fines del Estado.

Parafraseando al padre del pensamiento griego, tenemos que, para este lúcido y fulgurante pensador, en síntesis, la política es la ciencia práctica suprema que busca el bien común y la felicidad (eudaimonia) de los ciudadanos, considerando al hombre un zoon politikon por naturaleza que solo se realiza en la polis. Esta es una postura ética y práctica, porque la política organiza la vida social mediante normas para fomentar la virtud, promoviendo un gobierno mixto (politeia) basado en la clase media para asegurar la estabilidad. Es tan triste y estrangulada la visión aristotélica en nuestros días, que esto para muchos es ‘nuevo’ y en el mejor de los escenarios, es una retórica arcaica de un profesor viejito y aburrido en vía de extinción.

Conversando con un ilustre jurista, colega compañero en el aula de profesores, en la agradable y jamás bien ponderada tertulia previa de las cátedras de las 7 de la mañana, al sabor de un café, nos pusimos a pensar en lo que está pasando realmente con las encuestas, las tendencias, los discursos, las propuestas, la violencia y demás boleros; unos que adornan y enaltecen y otros que deshonran el debate político actual. Mi contertulio en ese palique político es un hombre de quien reservaré su identidad por ser una figura pública e influyente en el concierto electoral, pero que con determinación expone sus puntos de vista, sin interés figurativo alguno.

En primer lugar, tocamos el tema de las encuestas y qué bueno que esta columna de opinión sirva de ilustración al lector para que no siga tragando entero en este sensible asunto.

Las encuestas están mal hechas y lo voy a explicar. Debo decir que, según la nueva ley 2494 de 2025 sobre encuestas en Colombia, que dicho sea de paso, fue concebida por las senadoras Angélica Lozano, Clara López y Paloma Valencia, entre otras, obliga a las empresas o casas encuestadoras a incluir poblaciones de 800 mil habitantes (franja específicamente estudiada y cuyos resultados electorales presidenciales de 2018 y 2022, inclusive en segunda vuelta presidencial de 2014, fueron y son fortines progresistas), circunstancia que altera la más simple concepción de estadística técnica.

Ahora bien, extrapolando los resultados a una mediana realidad, los tres candidatos punteros están bastante cerca y la posibilidad de que Paloma y Abelardo pasen a segunda vuelta es posible; lo paradójico, si eso ocurriera, es que los electores de izquierda tendrían que votar por alguno de los dos o abstenerse, pues no tendrían más opción. Al Dr. Abelardo le tienen especial repudio y miedo hasta cierto punto por las acciones judiciales que ha anunciado y que incluso los pondría tras las rejas. Esto, en un análisis meridianamente sensato y bajo la aplicación de un instinto natural de conservación, sería aparentemente inviable. Les queda un camino y entonces podríamos ver a la más rancia franja comunista votar por la que diga Uribe. Supone el escritor que un leopardo (no obstante ser felino) tendería más a un familiar que a un espécimen volador, pero como esta fábula aún no encuentra sus días, pensaremos que lo más lógico (sin que la lógica exista en la política) sería que aquellos extendieran sus alas y se proclamaran colombófilos o definitivamente se decidieran por la abstención o el blanco, lo cual ya sería materia de otra exposición editorial.

Para dar aun más sustento a lo expuesto con claridad y suficiencia en estas líneas, quiero apoyarme en el profesor Manuel Castillo, PhD. En inteligencia artificial de la Universidad de Massachusetts y post PhD en inteligencia cuántica de la misma institución educativa.

El profesor Castillo, en su ensayo sobre las encuestas, su importancia y su peligrosidad cuando se hacen y legislan sin conocer la ciencia estadística, trae a colación al maestro Álvaro Gómez Hurtado, quien con su estilo mordaz y brillante característico decía sobre el particular que “las encuestas son como las morcillas: muy buenas, pero es mejor no ver cómo las hacen”, con lo cual se pretende significar ese tufillo a malos procederes y desconfianza frente a los números ocultos y lo que el llama ‘el truco estadístico’. No obstante, la precitada ley ha logrado algo sin precedentes y es que convirtió esa sabia alerta en una pesadilla gastronómica. Dice el profesor Castillo que ya no se trata de no querer ver el proceso; el problema ahora es que, gracias a esta norma, sí hemos visto la receta y hemos descubierto, con horror, que están rellenando la morcilla con frijoles y garbanzos. Y es por esto por lo que los invito a leer con detenimiento este interesante escrito del Dr. Manuel Castillo que ha tenido a bien titular 'Morcillas con garbanzos y dogmas: El desastre gastronómico de legislar encuestas sin saber estadística’.

Reza el escrito: ¿qué sucede cuando tres abogados se encierran a legislar sobre estadística? Pues sucede lo que a cualquier cocinero novato que lee un recetario en inglés y cocina con guantes de boxeo: un desastre. Bajo la falsa premisa de la ‘transparencia’, la ley ha decidido que la aleatoriedad, ese ingrediente secreto que daba sabor científico al producto, es un lujo innecesario. Ahora, la ‘morcilla’ electoral que nos sirven no es resultado del azar, sino de un mandato jurídico, dogmático y rígido que obliga a meter en la olla ingredientes que no pegan, obligando a incluir municipios por capricho geográfico e inflando costos.

El resultado es un plato indigesto. Esa morcilla que antes nos sabía a democracia, hoy sabe a burocracia rancia. La ley ha hecho lo contrario de lo que prometía: en vez de limpiar la cocina, ha roto los utensilios. Ahora sabemos que, para cumplir con el 3 % de margen de error bajo este diseño estrambótico, el encuestador tiene que vender el alma o cobrar una fortuna. En definitiva, el Dr. Gómez tenía razón en su desconfianza, pero ni en sus peores pronósticos imaginó que llegaría un día en que la ‘elaboración’ de la encuesta sería tan torpe que nos dejaría con una indigestión estadística colectiva, mirando una morcilla que, francamente, ya nadie tiene ganas de probar.

Este documento se hizo gracias a que muchos nos hemos preguntado por qué en su momento las encuestas de Invamer y GAD3, realizadas con muy pocos días de diferencia, presentaron resultados tan distintos.

Un error común al compararlas es que ambas se interpretan bajo una ley equivocada, por lo que se hace imperioso aclarar el marco normativo correcto; en particular lo dispuesto en la Ley 2494 de 2025.

Se deben, pues, abordar los argumentos técnicos que explican por qué esta norma, bajo la apariencia de regular la transparencia, termina desfigurando técnicamente el ejercicio de las encuestas en Colombia, convirtiendo una herramienta científica en un acto burocrático rígido y costoso.

Visto lo visto, pregunto: ¿será que los de Cepeda van a votar por la de Uribe?

Abrazo cálido. Seguimos trabajando. Falta poco.

@muiscabogado