Tenía un caballo bayo y montaba en él
por los caminos encumbrados de la sierra.
Divisaba el valle atrás, y a veces, en el plano,
el mismo caballito, bajo mi talón,
corría abierto con el fulgor de un rayo.
Era bello sentir la tierra con sus orquídeas y nostalgias
cabalgar en silencio al lado de mi caballo bayo.
Recordé que hace solo un siglo y medio
nos movíamos en un caballo; y que a Bolívar
lo llamaban “Culo de fierro” por dar vuelta a
la América del Sur sobre la silla ecuestre.
Sí, el caballo bayo se sentía el mismo
que montó Julio César y Alejandro.
Y que hizo la historia.
Pero entendía que, finalmente, aquel ejemplar
solo, quedó en el actual refugio de la sierra
y en las almendras que yo mismo le daba,
con mi mano festiva de jinete y pasajero,
que montaba con alegría de aventurero,
al caballo bayo.
Amigos se juntaron y alguien incorporó música
en las alforjas de caballería. Ya éramos una caravana
de la tarde. Y bebíamos y conversábamos
como si volviéramos a descubrir a América,
que refulgía en ese campo de orquídeas y nostalgias.
Ah la vida que circulaba en el laberinto jadeante
y en los ojos de fuego y la estampa imponente,
cargada de bríos y energía, de mi caballo bayo.
¡Ah aquellas rosas del camino! Y las rocas que dejaban
en vivo el recuerdo de los siglos. Ah mi alegría de bardo
surcando horizontes de nubes azuladas
y árboles peregrinos que expandían
sus sombras sobre la vereda
en la que despuntaban las casitas blancas
y los sueños de arado de los campesinos
rupestres y siderales, como si provinieran
de planetas errantes, en un universo
hecho a la medida de mis algarabías todavía de niño.
Y allí estaba aquel ejemplar impetuoso,
que corría por los siglos con fuerza de ciclón dorado
y cerraba su círculo en el silencio del pasado.
Aquel caballo bayo. Mi caballo. Sí, mi caballo.