En Colombia la problemática educativa está sobrediagnosticada. A pesar de que sabemos dónde están buena parte de las brechas: primera infancia, aprendizajes básicos, permanencia escolar, educación media, tránsito hacia la educación posmedia, conexión entre lo que se aprende y oportunidades de empleo, nos cuesta decidir qué vamos a hacer y tomar acciones que nos lleven a una transformación profunda de nuestro sistema educativo.
En ese sentido, la educación no puede verse sólo como cobertura o resultados académicos. Tenemos que enamorar a los jóvenes. Enamorar significa que los niños y jóvenes puedan reconocer en la escuela, en el colegio y en la universidad, una posibilidad real de vida; que dejen de ver el estudio como la tarea para cumplir un requisito y les muestre puertas y oportunidades. Para ello, el aprendizaje debe tener sentido y conectar con los sueños, las capacidades, las preguntas y las preocupaciones de quienes son el futuro.
Tal como titula el reciente libro de la Fundación Empresarios por la Educación ‘Decisiones que cambian la educación’, debemos pasar de la preocupación a la acción, y esto se logra con las decisiones correctas sostenidas en el tiempo, basadas en evidencia y generando articulación entre actores.
El gran desafío está en que el sistema logre consolidar trayectorias educativas completas y pertinentes para los niños y jóvenes y que de esta manera encuentren oportunidades reales para construir su proyecto de vida. Esto implica cerrar brechas profundas entre zonas urbanas y rurales, e incluso entre jóvenes que sienten que la educación sí les abre oportunidades y otros que no logran conectar lo que aprenden con su realidad.
En ese camino se deben priorizar tres cosas: Primero, fortalecer la educación en la primera infancia, porque ahí se construyen las bases del aprendizaje. Segundo, trabajar seriamente en permanencia y bienestar, porque ningún estudiante aprende si está desconectado emocional o socialmente del sistema. Y tercero, lograr mayor pertinencia entre educación y desarrollo productivo, para que los jóvenes sientan que estudiar sí transforma sus posibilidades de vida.
Un sistema educativo pertinente no solo responde a las demandas del mercado, sino que prepara para vivir con dignidad, participar en la sociedad, adaptarse a los cambios y construir oportunidades. Necesitamos jóvenes con competencias técnicas, pero también con pensamiento crítico y habilidades socioemocionales.
Pero quizá, lo más importante, es entender que esto no lo puede resolver un solo actor. La educación debe asumirse como una agenda compartida. El sector empresarial ha aprendido algo muy valioso: Cuando una organización tiene claridad de propósito, mide resultados y trabaja colaborativamente, las transformaciones son más sostenibles. Y esa lógica también aplica para la educación, que no puede ser solo una responsabilidad del Estado. La empresa puede ser articuladora, aceleradora y aliada estratégica para conectar capacidades, aportar visión a largo plazo, medir resultados y abrir oportunidades de empleo que contribuyan a que la educación dialogue mejor con las vocaciones productivas de cada territorio. Por su parte, la academia debe seguir aportando evidencia, formación docente, investigación e innovación pedagógica. El sector público debe garantizar derechos, orientar políticas, financiar, regular y sostener las decisiones. Y la sociedad debe mantener la educación en el centro de la agenda pública.
La educación no es solo el camino para formar mejores estudiantes, sino mejores ciudadanos. Sin duda hemos avanzado, pero se requiere que tomemos decisiones hoy que permitan que la educación sea la verdadera herramienta de movilidad social que es y se convierta para nuestros jóvenes en su proyecto de vida.