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Cambios positivos

Más conocimientos, basados en la ciencia, se logran cada año sobre la geografía y la historia del mundo, y sobre todos los demás asuntos que conciernen a la humanidad; y disminuyen las simples creencias.

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Benjamin Barney Caldas
Benjamin Barney Caldas | Foto: El País

30 de jul de 2026, 01:09 a. m.

Actualizado el 30 de jul de 2026, 01:09 a. m.

Ante los varios amenazantes problemas que se siguen afrontando en todo el mundo todos los días (guerras, cambio climático, disminución de la biodiversidad y del agua dulce, mal uso de la IA, ‘autocratización’) hay que destacar varios cambios positivos, y seguro hay más, que avanzan cada vez más en distintas partes.

Más ciudadanos participan en la política: en las elecciones nacionales ronda del 65% al 90 % en países con voto obligatorio, y del 40 % al 60 % en los voluntarios, y aunque la actividad política directa (militancia, protestas, debates o activismo) está aún por debajo del 10 % de la población mundial, ya comienza a cambiar.

Más mujeres ocupan cargos públicos, a 2026 hay entre 28 y 30 mujeres liderando el poder ejecutivo en los 195 países reconocidos oficialmente, y cada vez las hay más que aspiran a ellos. En los cargos privados ocupan, a nivel global, el 33,5 % de los puestos de alta dirección, y en las juntas directivas el promedio es 24,5 %.

Más conocimientos, basados en la ciencia, se logran cada año sobre la geografía y la historia del mundo, y sobre todos los demás asuntos que conciernen a la humanidad; y disminuyen las simples creencias. Cada vez es mayor la difusión de los mismos y hay más facilidades para poder verificarlos responsablemente.

Más conciencia de los problemas globales, como el cambio climático, la desigualdad y la pobreza. Organizaciones internacionales y movimientos sociales impulsan esta visión, aunque la magnitud de las crisis, las diferencias económicas entre regiones y la corrupción, hacen que el grado de compromiso varíe en la práctica.

Más energías renovables disminuyen la dependencia de los combustibles fósiles, ya sean eólicas, solares e hidráulicas a pequeña escala, que se están usando en muchas partes, al tiempo que se controla más el mal uso de la energía, igual que el del agua potable. Hay menos desperdicios y basuras y su reciclaje aumenta cada vez más.

Más tolerancia y respeto por la diversidad étnica, cultural, social y económica; las leyes y el reconocimiento social han avanzado significativamente en temas de derechos humanos, igualdad de género y preferencias sexuales. Y más preocupación por la debida educación cívica de los habitantes de las ciudades y sus actividades.

Más intercambios culturales que generan empatía, tolerancia y crecimiento cultural propio, transformando cada vez a más personas en cultos ciudadanos del mundo, que respetan y disfrutan de sus diferencias culturales en sus sitios de origen; y que no pretenden imponer sus costumbres en lugares distintos de sus orígenes.

Más control de la natalidad, y ya a nivel mundial el promedio es de aproximadamente 2,2 hijos por mujer (una tasa de natalidad que ha caído drásticamente desde los 5 hijos registrados en la década de 1950) y la mayoría sobrevive. Menos hijos que entonces podrán ser mejor criados y convenientemente educados desde la infancia.

Más estoicismo, pero no solo en la medida en que enseña acerca de aquel antiguo camino hacia la felicidad y la paz interior, controlar las reacciones ante las adversidades y cultivar la razón; sino especialmente en cómo colaborar con los demás para mejorar la vida que viene para todos, en todas partes del mundo.

Más educación y cada vez para más mujeres; y por lo demás ya se sabe cómo mejorarla para que forme ciudadanos y no para que apenas instruya profesionales. Como dijo Nelson Mandela: “la educación es el arma más poderosa que podemos usar para cambiar el mundo” y por lo tanto para cambiarse ella misma.

Cambios positivos todos los anteriores que hay que es necesario apoyar mucho más, cada quien de acuerdo con sus disertaciones, prioridades y posibilidades, considerando que no son excluyentes unos con otros.

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle. Ha sido docente en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, y en el Taller Internacional de Cartagena, de los Andes, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998.

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