El comienzo del nuevo gobierno puso de presente algo que, por sabido, no deja de sorprender: el futuro es imposible de predecir. Se pueden tener los planes más elaborados —o los más improvisados— y, al final, la realidad termina determinada por los acontecimientos menos esperados.
El presidente De La Espriella (ADLE) se precia de ser una persona disciplinada y de planear cuidadosamente sus acciones. La forma como desarrolló su campaña así lo confirma. Sin embargo, apenas dos días después de su posesión, cuando muchos de los funcionarios recién nombrados ni siquiera conocían sus oficinas, todo cambió abruptamente por cuenta del terremoto.
El país y el gobierno quedaron enfrentados, de un momento a otro, a un desafío de inmensas proporciones. Lo que ADLE hubiera previsto para sus primeros días tuvo que quedar aplazado. Hay que reconocer que la reacción ha sido adecuada. Aunque no han faltado críticas políticas, el gobierno ha actuado con rapidez y decisión mientras continúa integrando un equipo que, con algunas equivocaciones, parece competente y experimentado.
También ha sido fundamental la extraordinaria solidaridad demostrada por los colombianos. Personas de todos los orígenes y condiciones han respondido dejando de lado diferencias políticas y contribuyendo a construir la esperanza necesaria para superar la tragedia.
El verdadero desafío para el gobierno, sin embargo, apenas comienza. Pasado el impacto inicial vendrán las críticas, pero, sobre todo, llegará la comprensible impaciencia de quienes lo han perdido todo y esperan respuestas concretas. Habrá que recuperar fuentes de trabajo, reconstruir viviendas y restablecer centros de salud y educación. Quizás no sean las grandes obras de infraestructura que suelen concentrar la atención pública, pero son necesidades igualmente urgentes.
El país enfrentará, además, un reto fiscal todavía mayor del que ya traía. Habrá importantes recursos nacionales, cooperación internacional y donaciones para atender buena parte de la emergencia. Lo fundamental será administrarlos bien. Superada la etapa inmediata, se entrará en una fase en la cual lo determinante será la capacidad gerencial para coordinar la reconstrucción, mientras el presidente y su equipo recuperan la posibilidad de atender la infinidad de asuntos que demanda el gobierno.
Por eso resulta conveniente aprovechar al máximo la experiencia del FOREC y crear un organismo similar: pequeño, ágil, con autonomía, criterio y verdadera capacidad de gestión. Quien lo dirija deberá contar con la confianza del presidente, pero, ante todo, tener reconocida capacidad gerencial y credibilidad ante el país.
La supervisión sobre el manejo de los recursos tendrá que ser rigurosa, pero sin caer en el laberinto de procedimientos que tantas veces paraliza la contratación pública. Transparencia y agilidad no son incompatibles.
No hay necesidad de inventar la rueda. Colombia ya enfrentó antes una enorme tarea de reconstrucción y creó para ello un esquema que funcionó. Recuperar lo mejor de aquella experiencia puede ser una de las decisiones más importantes de este inesperado comienzo de gobierno.