Los gobiernos de Noruega y Finlandia, dos países vecinos de Rusia, han lanzado una reciente declaración conjunta. Han reiterado con claridad su apoyo a Ucrania por parte de su imponente vecino, justo en la hora en que algunos países han decidido dejarla a su suerte.
En su declaración, los voceros de estos gobiernos dejaron claro que su objetivo en ningún momento ha sido intermediar ni tomar la postura de naciones neutrales, pues no se trata de un conflicto legítimo ni justo. Su posición es la de ofrecer apoyo a Ucrania ante el crimen internacional cometido por Rusia al iniciar una guerra para invadir hace cuatro años. Desde entonces, decenas de miles de civiles ucranianos han sido víctimas de la guerra expansionista de Putin.
Rusia ha iniciado una de las fases más agresivas y violentas de su invasión a Ucrania, y según las revelaciones de algunos medios de comunicación, planea hacerla incluso peor durante los días más fríos del invierno. Los aliados europeos han mantenido su apoyo claro a Ucrania y han levantado sanciones contra Rusia que van desde lo económico hasta lo diplomático. Pero nada de esto parece reducir las intenciones del megalómano Putin de invadir por la fuerza una nación pacífica y poner en serio riesgo la paz mundial, aun cuando ha perdido más de 200 mil soldados en ese frente.
En los días recientes ha sorprendido por completo con su ausencia –que más que ausencia es abandono– el gobierno de Trump de Estados Unidos, que en un principio apoyó de manera decidida a Zelensky. Como tituló recientemente y de manera devastadora The Atlantic, Trump, al final de cuentas, aceptó los términos de Putin de la invasión a Ucrania a cambio de encarecer los precios del diésel, y por lo tanto es ahora un aliado de Rusia. Zelensky y el pueblo ucraniano pasaron de contar con el apoyo norteamericano a quedar en un riesgoso limbo ante la pérdida de su aliado más poderoso.
Trump nos recuerda, aunque con menos estatura política y lejos del tono de estadista de antaño, la muy discutida decisión de Chamberlain de aceptar las pretensiones expansionistas de Hitler en el infame Acuerdo de Múnich de 1938, con el argumento de que evitaría una guerra. Lejos de hacerlo, mostró todo el miedo de los países occidentales frente al tono cada vez más violento y totalitario de Hitler. Al final la guerra no fue evitada, si acaso aplazada un año, y Checoslovaquia fue entregada desde la traición y el abandono al imperio de la muerte que armaba Hitler.
Al final, agachar la cabeza ante la intimidación de los megalómanos de ahora y de siempre no evitará la confrontación y, de hecho, la hará una posibilidad creciente. La paz mundial no será preservada si los gobiernos de los países que deberían proteger al mundo entero se agachan con resignación ante quien la pone en riesgo, en este caso Putin. La única manera de mantener la paz es desde la contundente respuesta, con sanciones y una justicia internacional funcional, que de forma rotunda rechace las invasiones, las guerras y las provocaciones.
Entre más incrementan los ataques inhumanos de Rusia contra Ucrania, con drones, mercenarios y aviones que ponen en riesgo millones de vidas civiles todos los días, la comunidad internacional más debe acompañar a los ucranianos. Guardar silencio o claudicar ante el poderío de Putin solo enviará el mensaje de que quienes ponen en riesgo la paz mundial al final del día pueden salirse con la suya.
Posdata: si todo sale como lo pronostican las encuestas este martes en Estados Unidos, el partido republicano sufrirá una de sus mayores derrotas en años. Se subieron al bus del triunfo de Trump a cambio de aceptar su código carente de principios y hoy sufren las consecuencias de haber apoyado a quien como pocos ha degradado la política norteamericana. Serán muchos años para cargar ese lastre histórico.
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