Con el cambio de gobierno han resurgido las esperanzas de recuperar un sistema de salud viable. Han aparecido innumerables documentos técnicos y propuestas de reforma. Pocos hacen una pregunta elemental que cualquier persona responsable se haría antes de emprender un proyecto: ¿cuánto cuesta?. Sin buena información todos los presupuestos están equivocados. Todo comenzó con un noble propósito inscrito en la Constitución: todos los colombianos tienen derecho a la salud. Después se fueron agregando nuevas exigencias. Debe ser de alta calidad, rápida, universal, sin exclusiones y, además, ajena a cualquier consideración financiera. Para completar la fantasía, se repitió hasta el cansancio que la salud no podía ser un negocio.
El problema es que las enfermedades no leen constituciones ni los recursos son infinitos. En esa desconexión entre los deseos y las posibilidades está la raíz de la crisis actual. Claro que ha existido corrupción, ineficiencia y desorden administrativo. Pero aun si todos los administradores fueran honestos y extraordinariamente competentes, seguiría existiendo un problema fundamental: simplemente no hay dinero suficiente para cumplir todas las promesas.
Y, a pesar de ello, se logró mucho. El sistema privado, responsable de la mayor parte de la prestación de los servicios, logró mantener una calidad razonable y controlar costos. Muchos hospitales y clínicas siguieron atendiendo con la esperanza de que, en algún momento, las cuentas serían pagadas. Pero las leyes de la economía son tan implacables como las de la biología. Cuando los ingresos son menores que los costos, cualquier organización termina quebrando.
Si queremos una reforma seria, debemos comenzar por una pregunta sencilla: ¿con cuánto dinero contamos y qué servicios podemos financiar con esos recursos? Esa es la lógica que siguen la mayoría de los países. Primero se define una oferta realista; después se amplía gradualmente en la medida en que la sociedad genera más riqueza.
Podemos conservar el sueño de un sistema cada vez más universal y sofisticado, pero entendiendo que disponemos de mil dólares per cápita de gasto en Salud. Si salimos de la pobreza podremos gastar los siete mil que tienen países desarrollados con ofertas de salud mucho más restringidas. El proceso gradual puede revisarse en esta Propuesta