Cuando dos personas se llaman exactamente igual, pero no son familia ni vienen del mismo tronco, se dice que son homónimas. Esto pasa frecuentemente en Colombia porque tenemos diez apellidos que ocupan el 50 % del territorio colombiano: García, Gómez, Rodríguez, Martínez, López, González, Pérez, Sánchez, Ramírez y Torres.

El problema consiste en que el sistema cree que son la misma persona, y eso se ha convertido en un problema legal y penal. Pasa a diario: te pueden detener en un aeropuerto o en un retén y te toca demostrar que no eres tú a quien requieren. Tienes que mostrar la cédula y un registro de homonimia de la Registraduría. Mientras tanto, pierdes el vuelo o el trabajo y te llevas un susto enorme.

A menudo apareces en Datacrédito por una deuda que no es tuya. También te puede llegar una demanda de alimentos por un hijo que no es tuyo o, en salud, te anotan en la historia clínica cualquier estupidez. Si el otro es delincuente o estafador, ¡téngase duro!

¿Cómo defenderse? Firma siempre con tus dos apellidos y tus dos nombres. Ten a la mano un certificado de antecedentes judiciales y, si te siguen molestando, solicita una verificación biométrica si te detienen en el aeropuerto.

A mí, desafortunadamente, me ha ocurrido durante años porque tengo un homónimo que es un ilustre comandante y también se llama Antonio García. Yo, como cosa rara, tengo tres nombres: me llamo Antonio Joaquín Pablo. Mi madre me puso Antonio por un tío y padrino que se llamaba así; Joaquín, por otro tío rico que me patrocinaba los estudios; y Pablo, porque nací el día de san Pedro y san Pablo.

Tuve la suerte de nacer ese día. Si hubiera nacido el día de san Bonifacio o de san Cacerolo, me habrían clavado ese nombre, como le ocurrió a mi padre, que se llamaba Ramiro Cándido porque nació el día de san Cándido. Mi hermana se llama Meivis del Socorro porque nació el día de Nuestra Señora del Socorro; mi otra hermana, Beatriz Lucía, porque nació el día de santa Lucía.

Pero a mí me dicen Joaco desde que tengo uso de razón. Es el nombre que más me gusta: es cariñoso.

Las innumerables veces que he viajado a los Estados Unidos siempre he tenido problemas al pasar por migración porque me confunden con el personaje que mencioné. Además, con mis tres nombres, los funcionarios se mueren de la risa y llaman a sus colegas para que vean semejante barbaridad. Cada vez que voy, me hacen explicarles por qué tengo tres nombres.

En una ocasión venía de Suecia, en un vuelo de doce horas. Llegué a Nueva York con conexión a Bogotá y Cali, y me detuvieron. Me llevaron a un cubículo y me interrogaron durante dos horas porque, según ellos, me buscaba la Interpol. Perdí la conexión.

Al día siguiente exigí que me enviaran a cualquier país cercano a Bogotá y me enviaron a Caracas, Venezuela. Llegué de noche y no me dejaron salir del aeropuerto. Una señora se apiadó de mí y me trajo café con tostadas: llevaba treinta y seis horas sin comer. Finalmente llegué a Bogotá, con conexión a Cali, sin maletas, porque se habían quedado en Nueva York.

Esa tortura también la he vivido en Aruba y en Ciudad de México, donde he estado detenido por más de seis horas. Los colegas que han viajado conmigo salen despavoridos cuando me detienen y me preguntan:

—¿En qué problema te metiste, Joaco?

En el viaje en que me enviaron a Venezuela, mi esposa, al ver que no llegaba en ninguno de los vuelos, fue al aeropuerto y a la Policía a preguntar dónde andaba yo. Afortunadamente, no perdí el empleo en esa época.

Durante muchos años anduve con un maletín lleno de documentos que certificaban que yo no era ningún delincuente. Todo eso me obligaba a llegar más temprano a los aeropuertos. Afortunadamente, con la tecnología actual me he librado de que me detengan inclementemente.

La última vez que recuerdo, me detuvieron en Barcelona. Menos mal que llevaba mi cartapacio de documentación. El funcionario llamó al jefe, un señor muy decente y respetuoso, que me pidió los documentos y, al darse cuenta de que yo era urólogo, me dijo:

—Qué pena, doctor. Lo voy a detener porque quiero que me explique un problema urológico que tengo.

Le expliqué con una serie de detalles cuál era su problema y la solución. Me liberó y me envió en un carro suyo al hotel donde iba a alojarme.

Eso de los homónimos es un problema vigente y traumático para quien lo sufre. Nunca me han confundido con un rico hacendado o un multimillonario, para que me lleven en limusina, me den el mejor hotel y me inviten a los mejores restaurantes. Eso sería fenomenal, y espero que suceda para compensar todas las peripecias que me han hecho pasar por culpa de un homónimo.