Dice Immanuel Kant, en la Introducción de Sobre la Pedagogía, 1803, que “an solo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es nada más que lo que la educación hace de él”. A lo que cabría agregar que tan solo por la educación puede el habitante de una ciudad llegar a ser un ciudadano, y este un urbanita, no es nada más que lo que la educación hace de él; y que solo con ciudadanos urbanizados la ciudad puede llegar a ser ciudad de verdad, ya que estas no son nada más que lo que sus habitantes hacen de ella.

Ciudadanos que se informan, antes de opinar, es lo propio de una persona que vive en una ciudad acomodada a sus usos y costumbres; es decir, un urbanita que en tanto que tiene la capacidad y posibilidad de usar lo específico y práctico que le brinda cada lugar de su ciudad; y en la que actúa y se comporta de manera habitual con las diferentes tradiciones colectivas de distintos grupos urbanos unidos por diferentes actividades; o que sencillamente, por ser sus viviendas vecinas, eso los une civilizadamente.

Urbanitas, que han sido debidamente formados y no apenas educados profesionalmente, por lo que saben que es mejor leer que apenas escuchar las propuestas que formulan los dirigentes comunales, gremiales y políticos respecto a la ciudad física, sus habitantes y sus actividades. Ciudad física en tanto que artefacto; habitantes en tanto miembros activos de la ciudad, es decir urbanitas y no solo ciudadanos; y actividades en tanto el conjunto de operaciones y tareas personales o de una entidad y, en consecuencia, la política.

Propuestas sobre la ciudad física, sus habitantes y sus actividades, que los ciudadanos estudiosos deben analizar e identificar en ellas sus aspectos positivos y negativos, utópicos y factibles, y comunicárselo a los demás, para que todos se informen y piensen antes, y no crean únicamente en el carisma de los políticos, y sus discursos improvisados o mensajes por internet. Y que entonces todos los ciudadanos puedan identificar a los dirigentes populistas, polarizadores o engañosos, o sencillamente ignorantes o corruptos.

Pensar en la ciudad, en el sentido de examinar suficientemente algo antes de decidir al respecto, es lo pertinente por parte de los ciudadanos responsables, en tanto miembros activos de una comunidad con derechos y deberes respecto a la misma. Derechos entendidos como la libertad de sus habitantes de hacer en su ciudad todo lo permitido en ella por la ley y sus tradiciones; y deberes en tanto el respeto a los otros por parte de todos ellos a lo que es obligatorio con relación a la ciudad, sus habitantes y sus actividades.

Participar en la ciudad, viviéndola, criticándola y colaborando en su gobierno, es entonces un derecho, entendiéndolo como el poder compartir conocimientos, ideas y propuestas; como igualmente participar con opiniones diferentes en el debate respetuoso y permanente de los diversos temas relativos a la ciudad como un todo: su artefacto, sus habitantes, y sus actividades; tres aspectos que no solo son inevitables en una ciudad, sino que constituyen la calidad de vida en ella, constituyendo entre los tres su fuerza esencial.

Considerando todo lo anterior, votar, y no abstenerse irresponsablemente, es un deber más que un derecho; y con él hay que procurar impedir que sea una minoría de los habitantes de la ciudad, no educados ni formados y que no se informan y no piensan en las propuestas que les hacen, la que elija a politiqueros populistas, polarizadores o engañosos. Precisamente los que amenazan a la democracia, como lo ha señalado Moisés Naím, y que no respetan a las ciudades, en las que la libertad respetuosa es básica para su calidad de vida.