Están bien el Mundial de Fútbol y sus expectativas, pero están muy mal los comentaristas que continúan repitiendo los mismos lugares comunes, como si la lengua española adoleciera de nuevas maneras para describir un gol, una emoción, una derrota.
Los locutores, comentaristas y entrenadores, ejercen ahora también como filósofos. Si no fuera porque llevan tantos años repitiendo la misma cantinela, uno pensaría que están iluminados por cierta sabiduría. Puedo recordar ahora al derrotado entrenador italiano de la selección inglesa, Fabio Capello, cuando disparó una frase que envidiaría Séneca, y hasta el mismo Shakespeare: “Nunca pensé que el valor de un hombre se midiera por lo que gana…” después de recibir cerca de 8 millones de euros al año.
Quiero que el Mundial acabe pronto, para no volver a escuchar aquello de ‘la bestia negra’, Brasil es Brasil, hay que respetar la historia, ‘la jerarquía’, el gol de la honrilla, el que no hace los goles los ve hacer, los partidos duran noventa minutos, cuando Messi o Haaland están enchufados, la rompen, ponen toda la carne en la parrilla, la defensa ‘Catenasia’ de Helenio Herrera, una mala tarde la tiene cualquiera, no me esperen en mi casa, en el fútbol no hay lógica, y no hay tiempo de llorar.
Al no gol de Campaz frente a Suiza, un comentarista expresó: “Se lo comió con papas francesas y salsa rosada…”, otro conceptuó que envió la pelota “a Júpiter”. Si el gol fue de aquellos imparables, de esos disparos tipo Haaland, al que no podía atrapar ni el Indio Montaño tocado por la inspiración, los sabios del comentario dicen que el jugador la mandó “dónde el carpintero puso la escuadra” (¿?), o al “rincón de la agujas…”
Lo anterior, sin contar el manido ‘gol de camerino’, el del ‘minuto de Dios’, el pase de la muerte, el contragolpe mortal, la filigrana, la vaselina, la piola, el ocho, la bañada, el túnel o galleta, la ‘folha seca’, el tiro libre que alguien patea con ‘tres dedos’ (¿?), la ‘verde amarela’, la albiceleste, el trillado “jogo bonito”, una de las pocas expresiones en portugués con la que adornan sus comentarios los sabios del fútbol. Pero, esto ya es historia…
Por supuesto, no falta el entrenador que manifiesta heroico, aquello de “vamos a cambiar la historia”. En el pasado mundial Hernández Bonnet decía que tal equipo, no recuerdo cuál, había salido a emular a “San Francisco de Asís, con un juego que le apostaba a la pobreza absoluta…” Otra de sus frases célebres, una que envidiarían Platón y Aristóteles, es esta: “Cómo dijo Tin, el director técnico, el fútbol es como una cobija; cuando se arropa la cabeza, se destapan los pies, y viceversa…”
En estas profundas disquisiciones no falta el ojo de buen cubero, porque el ‘fútbol es así’. Mientras tanto, nosotros, los colombianos, seguimos recordando el 4-4 de Colombia contra la URSS en el Mundial de Chile, Arica, 1962, con gol olímpico de Marcos Coll. No sabemos si pateó con tres o con cinco dedos. Fue solo un empate, pero ya lo aseveró uno de nuestros grandes filósofos, Francisco Maturana: perder es ganar, y además, no olviden que esos cuatro humillaron a Lev Yashin, la Araña Negra, entonces, el ‘cancerbero’ más famoso del mundo. Esto y el cuento de que el Himno Nacional de Colombia es el más bello del mundo, después de La Marsellesa, es algo que ya nos tiene curcunchos, como la banda sonora “Colombia tierra querida”, cuando la selección “salta a la gramilla”.
Aparte de ese lejano empate en Arica, y el 5-0 a la Argentina, nunca hemos ganado nada que valga la pena en el fútbol. Vivimos de quimeras, como en el bolero. Y los comentaristas siguen acuñando frases impunemente: “Esta selección tiene mucho para ganar, y poco para perder…”
Ya es hora de mover el guion y, como Garrick, actor de la Inglaterra, decir: “cambiadme la receta”.