A diferencia del 20 de julio de 1969, cuando Cali se paralizó con la llegada del hombre a la Luna, esta vez, con la misión Artemis II que llevó a cuatro astronautas a sobrevolarla de nuevo, y pasar por su lado oscuro, en el que fue el primer viaje humano al espacio profundo en más de 50 años, la ciudad parece no haberse sorprendido ante la hazaña. O por lo menos no se disfrutó de manera colectiva, como cuando Neil Armstrong, de 38 años, se convirtió en el primer hombre en pisar la luna.

Son otros tiempos por supuesto, y en esta ocasión cada ciudadano tenía acceso a la transmisión de la Nasa desde su celular, en alta definición y sin interrupciones. Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información ni tanta inmediatez. Y, sin embargo, algo se diluye en tremenda abundancia: la experiencia compartida. Estamos hiperconectados, pero cada vez más alejados.

El 20 de julio de 1969, en cambio, en los barrios de Cali se contaban con una mano los vecinos que tenían televisor. Los que gozaban de aquel privilegio desocuparon la sala y en algunos casos alquilaron asientos para ver en directo cuando los astronautas descendían del Apollo 11. Una crónica publicada en El País decía que la luna “había sido una obsesión de los caleños durante 118 horas”.

“Cali pasó en vigilia la noche del domingo y la madrugada del lunes pegada al cuadrilátero de los televisores o alrededor de la caja de los radio – receptores, siguiendo prolijamente la reseña de esa casi fábula protagonizada por los cosmonautas rubios para llegar hasta suelo lunar. El domingo las calles estuvieron desiertas y ayer, en las factorías, en los almacenes, en los conventos, se continuó siguiendo el desarrollo de la hazaña, catalogada como la más audaz y científica jornada a través de todos los tiempos”, decía la crónica.

Más adelante, el texto agregaba: “En el instante en que Armstrong tocó la superficie selenita, la gente en Cali aplaudió entusiasmada. Se vio a personas que salieron a las calles a comentar con la vecindad el acontecimiento. En alguna iglesia las campanas se echaron al vuelo y en barrios populares se apeló a la máxima expresión de alegría: el lanzamiento de cohetes que celebraban no la fiesta patria del 20 de julio, sino una noche histórica para toda la humanidad”.

Nada de aquello se vio esta vez. Los aplausos fueron reemplazados por likes, vistas y publicaciones compartidas, casi siempre en solitario. Pero la emoción no se percibió en las calles. La ciudad siguió su rutina como si nada, como si en 2026 ir a la Luna fuera tan normal como viajar a Buga en Semana Santa.

A los creativos, chefs, publicistas y vendedores de pauta no se les ocurrió hacer lo de hace casi 60 años. En aquel entonces, en El País, un hostal anunció con un enorme aviso vertical una “gran cena lunar”, “solo para lunáticos”, que se serviría a las 3:00 de la mañana, cuando finalizara la transmisión.

El menú incluía el consomé Van Braun, en honor al ingeniero alemán Wernher von Braun quien construyó el cohete Saturno V en el que despegaron las naves con las astronautas; una langosta “en salsa del mar de la tranquilidad”, como se le llamó a la zona donde descendió el módulo lunar de Apolo 11; el postre era un “cráter lunar” flambeado de chocolate. Abajo del aviso publicitario, con la figura de un astronauta con sombrero de chef, decía: “su comandante de cocina Armstrong Guillermo Crespo le espera”.

La emoción era colectiva. Como si ese día jugara la Selección Colombia. De hecho, la instalación del nuevo Congreso de la República fue aplazada. Los colegios postergaron el reinicio de clases y la entrega de tareas. En Bogotá, El Tiempo instaló televisores “para que el pueblo siga con detenimiento el descenso del hombre a la luna”.

En Cali, el periódico Occidente le hizo una entrevista deliciosa a Mery De Wiitt, esposa del cónsul de los Estados Unidos. ¿Le hubiera gustado ver esta hazaña desde su propio país?, le preguntaron. Ella dijo: “Por supuesto que sí, por la televisión en colores, pero aquí en Colombia fue también muy emocionante”. La reportera, Margoth, terminó con poesía: ¿Ahora al conocer sus cráteres y su superficie polvorienta, ¿cree que la luna ha perdido un hálito romántico?, preguntó; “para mí la luna ahora es más romántica”, dijo Mery.

En 2026, sin embargo, la luna parece haber perdido ese romanticismo, o al menos la capacidad de reunirnos alrededor de él. No salimos a buscar al vecino ni a comentar en la calle lo que acabamos de ver. La hazaña sigue ocurriendo allá arriba, en el espacio, incluso más ambiciosa que nunca, pero acá abajo se vuelve silenciosa, una experiencia solitaria.

Antes, Cali y el resto del mundo se detenían para mirar el viaje a la luna. Ahora lo mira cada quien por su cuenta. No solo dejamos de sorprendernos, sino que ya no sabemos cómo y no con quién compartir el asombro.