“Un pez boqueando en el suelo de una lancha. Esa soy yo”.
Margarita Londoño

Este fue el Haikú que le escribió la escritora y periodista Margarita Londoño Vélez a su amigo el ilustrador argentino Gusti pocos días antes de morir de ELA, cuando solo podía darle órdenes a un computador especial con sus ojos. Ya tenía todo su cuerpo paralizado. Su cerebro perfecto. Es el único órgano que respeta esta maldita enfermedad que parece se la invento el demonio para castigar los seres de luz.

Durante La Feria del Libro -coordinada por Paola Guevara- en la carpa de El País se realizó un homenaje a Margarita. Se cumplía -cosas del azar- el primer aniversario de su muerte. Sus restos reposan bajo un árbol en su jardín de Santander de Quilichao.

Me extrañó ver al Gusti en la tarima. No tenía idea que había ilustrado varios cuentos infantiles de ella ni que los unía una amistad profunda. Almas gemelas. Unidas en la sensibilidad, valor y generosidad de corazón. Esos encuentros mágicos e inexplicables que suceden de repente.

Auditorio lleno. Gabriela su hija moderaba. Superando la pena y el dolor, delineó un perfil de Margarita. Su recorrido por el mundo de las letras, su paso por la política, su legado de honestidad, valor, creatividad y pasión. Esa fuerza irresistible que la llevaba a emprender luchas por causas nobles, denunciar corruptelas, escribir sin descanso, defender los derechos de las mujeres y de los más vulnerables. Arrolladora. Divertida. Culta.

Me imagino que su amistad con Gusti se basó en compartir ilusiones y dolores.

Margarita perdió su marido y su primer hijo en un accidente trágico. Una buseta demente los embistió cuando regresaban de un paseo a Pance.

El hijo menor de Gusti nació con síndrome de Down. Ambos lograron seguir adelante. Ella escribiendo cuentos infantiles que le leía a Gabriela y él dedicándose a ilustrar libros para otros niños con problemas de neurodiversidad y dedicar su vida a esta causa.

El libro de Gusti que narra con ilustraciones y pensamientos su vida con su hijo, titulado Mallko y Papá, es una lección de aceptación, dolor, ternura. “A veces con los hijos pasa como con el dibujo: no te sale como te imaginabas. A un dibujo lo puedes romper y volver a hacer. Lo puedes borrar. O hasta puedes retocarlo, mejorarlo a tu gusto, perfeccionarlo con el Photoshop. Pero con el hijo, con el hijo de verdad, eso no lo puedes hacer. Eso me ocurrió con Mallko: no era como me lo había imaginado. Llegó antes de tiempo, sin avisar y no lo acepté”.

En su libro nos cuenta la historia tierna, estremecedora, enriquecedora de cómo se aprende a conocer, amar. "Aceptar es recibir voluntariamente y con agrado lo que se nos ofrece”.

Margarita y Gusti. Unidos por el dolor y la superación. Ilustrando, escribiendo, entregándose a los demás. Ella nos dejó también tres novelas: ‘Esas ganas locas de matarlo’; ‘Cuando la ópera llegó a Rosas’ y su obra póstuma. ‘La invasora del invasor’.

Gusti nos deja el mural pintado en el DoMo de la Biblioteca Departamental, en el que sus dibujos son coloreados por niños con neurodiversidad.

Este homenaje quedará grabado para siempre en el alma y en la retina. Margara ya ausente pero siempre presente. Gusti llenando espacios de colores y enseñanzas. ¡Una lección de amor!