Hay cifras que sacuden y dejan en silencio el alma. Silencio por cada víctima, por las familias que sufren sus pérdidas, por el dolor que siembra la guerra. Más de 30 ataques en apenas 72 horas. Más de 20 civiles muertos. Un bus convertido en tragedia. Cilindros bomba, explosivos en carreteras, ciudades que vuelven a sentir el eco de una violencia que arremete con fuerza y les recuerda que nunca se ha ido, que solo estaba tomando un nuevo impulso. El suroccidente del país, nuestra casa común, atrapado en una espiral, con los ojos del país y del mundo puestos de nuevo en él.

Detrás de cada número hay una historia. Y ahí es donde esto deja de ser un reporte y se vuelve un golpe en el pecho. Son las personas que iban en ese bus, por Cajibío, Cauca, el 25 de abril, sin saber que el trayecto terminaría en horror. Son los comerciantes que cierran más temprano, los niños que preguntan por qué suenan las explosiones, los conductores que dudan antes de tomar la vía Panamericana. Son los que “no estaban ‘haciendo guerra’, estaban haciendo vida”.

La última frase responde al título de un conmovedor y contundente escrito del Observatorio para la Equidad de las Mujeres, de la Universidad Icesi y la Fundación WWB Colombia, que reflexiona sobre las víctimas del bus en el Cauca: “Patricia, Teodomira, Daniela, Nidia, Nereida, Etelvina, Liliana, Clemencia, Virgelina, Andrea, Luz Dary, Libia, Florida, mujeres campesinas, vecinas, familiares, muchas vinculadas a procesos comunitarios, a redes que cuidan y hacen posible la vida”, resalta el texto. También murieron José Ciro, Wilmer Alirio y Jarol Jair, en el peor ataque contra civiles de la historia reciente, que es, a su vez, la masacre número 47 de 2026.

Y al final de esta horrible noche que dejó tantas familias desoladas, lo que más duele es que en Colombia, en nuestro suroccidente, hacer vida, preservar el cuidado y todo aquello que sostiene la base de la sociedad, desaparece en medio de una crueldad que asombra.

El país entra en el tramo final de una campaña electoral en medio de esta escalada, que nos recuerda, por desgracia, que la violencia, históricamente, ha sido un actor más en nuestras disputas políticas. Intenta intimidar, desestabilizar, marcar un territorio que nunca logró recuperarse por completo: un corredor que define presidentes, pone senadores y representantes, moviliza gran parte de la economía, aporta tanto al desarrollo del país y, sin embargo, le hace falta tanto; le deben tanto, le han prometido tanto.

A quienes hoy recorren el país en campaña, más que lamentar lo ocurrido, les pedimos que de verdad se comprometan con la seguridad del Cauca, del Valle, de Nariño, de Chocó y con la de todo el país, porque a veces pareciera que existen decenas de prioridades más grandes en la agenda electoral que la vida misma. Porque la solidaridad debe trascender las condolencias, escuchar a quienes viven en medio de la guerra, entender lo que están pasando y trabajar en esas profundas desigualdades y en la reducción de la pobreza, caldo de cultivo para la ilegalidad y sus promesas.

Candidatas, candidatos, gobernantes: aquí lo que está en juego es la vida. La de quienes se suben a un bus sin saber si van a llegar. La de quienes abren un negocio sin saber si podrán volver a casa. La de quienes, todos los días, siguen haciendo vida en medio de la guerra.

Porque un país que no protege la vida falla en todo lo demás.

@pagope