Qué día fue aquel en el que Camila Falquez Martínez recorrió en su bicicleta las calles de Manhattan, Chinatown y The 5th Avenue para encontrarlas como desiertos deshabitados de concreto? ¿Qué recuadro del calendario puede dar pistas de ese pequeño tour en el que Camila quiso retratar las calles de la ciudad en la que vive hace nueve años, aunque luego decidiera no hacer ninguna fotografía al respecto? ¿Qué día ocurrió todo eso? Hay una certeza: tuvo lugar dentro de las últimas tres semanas, pero en realidad… saber el día preciso, la fecha con todas sus exactitudes de horario, no tiene ninguna importancia.

En Nueva York, epicentro mundial del coronavirus, a Camila le ocurre lo que a miles en la cuarentena: el tiempo ha adquirido un carácter de presente absoluto y abrumador. “Es cierto que el encierro empezó hace más de tres semanas (el 22 de marzo)”, dice la fotógrafa de raíces caleñas al otro lado de la línea telefónica, “pero no tengo claro cuándo fue el inicio de todo, si hay un punto intermedio, si tal día en el que hice una cosa era otro o no. No lo sé. El tiempo se ha vuelto una especie de chicle, una nube extraña. Es como si se hubiese desdibujado por completo”.

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Y si bien ya no es relevante fijarse en las manecillas del reloj, lo que definitivamente no se ha desdibujado para Camila, lo que más le ha hecho falta, son los humanos en las calles: ya sea como transeúntes ocupadísimos al pie de los rascacielos gigantes de Manhattan, orientales que dan apertura a sus restaurantes en medio de las estrechas calles de Chinatown u hombres de negocios que responden llamadas a cada instante en medio del ajetreo que a veces cobra vida en The 5th Avenue.

Lo humano... eso que tanto le interesa a ella en sus fotografías que hablan de la belleza del cuerpo, como en los retratos que hizo de bailadores homosexuales de flamenco publicado en el New York Times en el mes de marzo, pero también de modelos que le han llevado por la corriente de la moda, gracias a la cual ha llegado a la portada de la revista Vogue. Esos humanos ya no ocupan un espacio dentro del encuadre de su cámara analógica a color.

En cambio, lo que existe hoy de esa metrópolis del mundo es una ciudad con más de 122.000 contagiados y 8000 fallecidos por coronavirus, sin contar los 4300 decesos probables. Se trata de una enfermedad que llegó a finales de febrero por la costa oeste, principalmente al estado de California y a Washington, y de la que el presidente Donald Trump había dicho que no era “inevitable” y que hasta acusó de “alarmistas” a varias autoridades sanitarias que le advirtieron de sus consecuencias.

Especialistas han coincidido que la pandemia, que ya deja 33.000 vidas perdidas hasta la fecha y cerca de 4000 cada día, podría convertirse en el cuarto evento más mortífero de la historia de Estados Unidos, junto con la gripa española de 1917, que provocó la muerte de 675.000 ciudadanos, la guerra civil (600.000) y la Segunda Guerra Mundial (450.000).

Mucho se ha hablado si esta realidad fue subestimada tanto por ciudadanos como por políticos. “Nueva York tiene el mejor sistema de salud del planeta. No pensamos que la situación aquí pueda ser tan mala como en otros países”, dijo Andrew Cuomo, gobernador del estado de Nueva York, el pasado 3 de marzo, un día después de detectarse el primer caso por Covid-19 en esa urbe de 8,6 millones de habitantes y en el que cada kilómetro cuadrado tiene una densidad poblacional de 10.000 almas.

Camila reconoce que pese a que en los primeros días se mostraba incrédula respecto a lo cruel que podía ser el desenlace de la enfermedad en Estados Unidos, pronto entendió que aislarse junto con su esposo en su apartamento del distrito de Brooklyn era la única forma de romper las cadenas de contagio del Covid-19.

“Nuestro espacio no supera los 30 metros cuadrados; es uno de esos apartamentos en el que la cocina, el comedor, la sala y el dormitorio ocupan el mismo lugar, o sea no los separa ninguna pared”, describe la fotógrafa.
Ella, cuyos ojos actuales ven al tiempo como algo lejano, afirma que no tiene sentido detallar algo tan inexistente como la programación de su día a día, pero al menos sí puede garantizar la existencia de dos ‘paréntesis’ que abren y cierran cada jornada a lo largo de toda su cuarentena.
El primero, que aparece en horas de la mañana, es ingresar a la página web de la Troja Radio, emisora barranquillera de más de 50 años que, por medio de un catálogo de melodías populares, la transportan a ese Caribe del que es originario de su padre, pero si desea ir a Cali, de donde es la familia de su madre, no tiene más opción que escuchar al Grupo Niche.

O a veces a Héctor Lavoe y en otras oportunidades al Gran Combo, agrupación que también disfrutarán algunos de sus vecinos puertorriqueños, pues el barrio en el que vive hay una importante población latinoamericana, sobretodo mexicanos.

El barrio se llama Bushwick, reconocido por sus graffitis que oscilan entre el hiperrealismo y las figuras tipográficas más clásicas del género, un sector industrial de clase obrera que concentra entre 573 y 1019 casos por coronavirus, según el Departamento de Salud e Higiene Mental de la Ciudad de Nueva York, casi el doble de los indicadores de Cali.

Y el segundo ‘paréntesis’ de la jornada de Camila, que tiene lugar en horas de la noche, es ver una película. Sus favoritas son las francesas de los años 70’, obras cuyo ritmo pausado sirven de contrapunto ante el agobio que a veces significa vivir en un apartamento muy pequeño. Es por eso que últimamente ha visitado las producciones de Jean Luc Godard.

“Nunca antes en mis 30 años me había sentido tan cinéfila. Pero lo cierto es que no espero obtener nada a cambio. Solo quiero estar en frente del televisor, disfrutando de la historia y sentirme feliz por ello”, admite.

Solo hasta hace algunos minutos Camila hablaba a través del celular mientras se dirigía a su estudio de fotografía, una voz aguda que solo era interrumpida por una brisa sutil, pues en un barrio como Bushwick también es difícil encontrar hoy en día los sonidos de vehículos o transeúntes. Pero ahora las palabras de la artista se escuchan como si fuesen un eco, lo que confirma que ya se encuentra en su lugar de trabajo, en donde recogerá algunos materiales para su nueva actividad artística: collages.

“En la mayoría de los casos imprimo fotos mías y hasta pinto encima de ellas para hacer collages que en ocasiones no tienen una forma definida. No me estoy forzando a un propósito y esto está muy bien. El mundo se ha detenido. Mi industria también. Y yo igual. ¿Qué significa parar entonces? Un momento de introspección, porque ¿qué más hay?”, se pregunta la mujer de 30 años.

Por primera vez desde que llegó a Nueva York, la vida de Camila no está determinada por los eventos del futuro, por la sesión de fotos que debe concluir en tres horas o por el viaje en avión que planeó para dentro una semana.

No. Las manecillas del reloj ya no tienen la fuerza de una palabra que antes se podía escribir perfectamente en mayúscula: EL TIEMPO.
Falquez abre la ventana de su apartamento y descubre los pocos árboles que hay en Bushwick. Sus hojas de un verde brillante las agita una cómoda brisa. Hoy es 19 de abril y el solsticio de primavera acaba de cumplir un mes en Nueva York.