Tener una cuenta bancaria ya no es el principal problema en Colombia. El verdadero reto empieza después: entender cómo funciona el dinero.
Las cifras muestran una brecha silenciosa pero profunda en educación financiera que hoy pone en riesgo el bienestar de millones de personas.
A nivel global, la situación no es alentadora. Según la Encuesta Internacional de Alfabetización Financiera de la OCDE, apenas el 39 % de los adultos alcanza el nivel mínimo de conocimientos financieros.
En otras palabras, más de seis de cada diez personas en el mundo no cuentan con las herramientas básicas para tomar decisiones sobre ahorro, endeudamiento o planificación financiera.
En Colombia, el panorama es aún más crítico. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Capacidades Financieras del Banco Mundial, solo el 16 % de la población adulta logra responder correctamente preguntas básicas sobre finanzas.
Una cifra que deja en evidencia una brecha estructural que impacta directamente la capacidad de las personas para manejar sus recursos y protegerse frente a riesgos económicos.
“La educación financiera es vital porque demuestra que estar bancarizado no garantiza entender cómo funcionan los productos financieros”, explica Soraya Husaín, directora de Investigación de la Fundación WWB Colombia.
“Sin educación, el acceso puede profundizar la vulnerabilidad, al facilitar el sobreendeudamiento”.
Para la experta, la educación financiera no solo es clave para quienes ya están dentro del sistema financiero.
“También es una herramienta fundamental para quienes no están bancarizados, porque les permite gestionar mejor el dinero y transformar sus condiciones de vida”, agrega.
Esta preocupación es compartida por la Mesa Intersectorial de Inclusión Financiera, un espacio que reúne a 17 organizaciones del país y que insiste en que este tema debe ocupar un lugar prioritario en la agenda pública.
Desde este colectivo advierten que la educación financiera es una palanca directa de autonomía económica, especialmente para las poblaciones más vulnerables.
Los hallazgos quedaron consignados en la Guía Práctica de Inclusión y Educación Financiera, un documento que analiza el estado actual del país.
La investigación reconoce avances importantes en acceso: hoy, la mayoría de los adultos en Colombia tiene al menos un producto financiero. Sin embargo, el acceso por sí solo no garantiza mejores condiciones de vida.
“La inclusión financiera solo genera bienestar cuando está acompañada de capacidades”, señala Paola Arias, directora de Banca de las Oportunidades. “El reto hoy es avanzar hacia una ciudadanía que comprenda y use los servicios financieros de manera informada y responsable”.
La Guía identifica varios desafíos de fondo. Uno de los principales es que una parte significativa de la población no cuenta con los conocimientos necesarios para tomar decisiones financieras acertadas.
Además, las brechas son más profundas en mujeres, población rural y grupos en condición de vulnerabilidad, lo que termina amplificando las desigualdades económicas.
Aunque existen múltiples iniciativas de educación financiera en el país, muchas funcionan de forma fragmentada y sin articulación, lo que limita su impacto.
“Pasar de esfuerzos aislados a una estrategia estructural y coordinada es clave si queremos resultados reales”, advierte el documento.
Para Husaín, uno de los mayores valores de la Guía es su enfoque práctico. “No estamos ante una propuesta genérica o descontextualizada.
Es una herramienta que aterriza la teoría en acciones concretas, conectadas con las realidades del territorio”, afirma. Además, destaca que el documento promueve programas que no solo se implementan, sino que evolucionan a partir del aprendizaje y la experiencia.
Las recomendaciones apuntan a integrar la educación financiera desde la escuela, fortalecer programas comunitarios con enfoque territorial y de género, articular esfuerzos entre el Estado, el sector privado y la academia, y diseñar políticas públicas basadas en evidencia.
Fortalecer la educación financiera, coinciden los expertos, no es un asunto técnico ni menor. Es una apuesta estructural por la reducción de desigualdades, la autonomía económica y el desarrollo del país. Porque entender el dinero, hoy, es también una forma de ciudadanía.