Podcast literario ‘Que Vivan Los Libros’

Andrés Ossa conoció las luces y sombras de ser el hijo del librero mayor de Colombia. Su padre, el archifamoso y admirado vallecaucano Felipe Ossa, por más de 50 años la mente maestra detrás de la Librería Nacional, llegó a tener una biblioteca de 13.000 libros y revistas.

Los temas y personajes que un niño como Andrés aprendía de esos libros, y en especial de la colección de cómics franco belgas, italianos y españoles de su padre, alimentaban su mente y su imaginación, pero de forma simultánea se sentía muy solo, distinto a los demás niños, porque nadie conocía sus referentes culturales ni había oído hablar de los temas que a Andrés apasionaban.

Décadas más tarde, tras un exitoso trasegar por la industria editorial y tras vivir y estudiar en varios países, Andrés ha decidido escribir para el público infantil. Publicó una serie de libros donde seleccionó héroes reales del mundo de la empresa, como Soichiro Honda; de la belleza, como Elizabeth Arden; del entretenimiento, como Walt Disney, convencido de que los niños necesitan referentes de grandeza.

Dedicó otro libro a contarle a los niños las hazañas de los ganadores del premio Nobel y, para ser justos con los genios que nunca ganaron dicho premio, publicó otro con líderes que cambiaron la historia del mundo. Hablamos con él sobre sus libros y su reciente retorno a Cali, ciudad donde vivió el paraíso de su infancia y donde, por supuesto, espera encontrar el paraíso de la vida adulta.

El caleño Andrés Ossa tiene una amplia experiencia en el sector editorial. Ha trabajado en Alfaguara y Grupo Planeta. | Foto: El País

Andrés, tras muchos años como editor y escritor fuera de Cali has regresado a la ciudad. Y llegas en un momento muy particular, por la coyuntura. ¿Qué te trajo de vuelta a tus raíces?

Yo nací y viví en Cali hasta los 12 años. Vivía muy feliz en mi barrio, en el sur de la ciudad, en una casa muy grande con una biblioteca gigante, llena de cómics. Tenía amigos, jugaba en las calles, hasta que mi familia por temas de trabajo de mi padre se fue a Bogotá, y ahí el paraíso mío, de mi casa, de mi familia caleña, de mis abuelas, se pierde.

Acabó la infancia. En Bogotá llegué a un barrio frío, no tenía amigos en el barrio. Yo soy muy solar, soy tropical. A los 19 años Bogotá me expulsa, porque yo no encajé mucho en esa sociedad.

Estuve 9 años fuera de Colombia, en Puerto Rico, en Nueva York, en Canadá, donde estudiaba y trabajaba, hacía de todo, y por supuesto leí mucho. En la maleta me llevé 200 libros, los leí todos y muchos más. En Nueva York fui feliz y entendí que era caleño, buena comida, buena salsa, buena música, muy buenas personas.

¿Cómo fue ser hijo de Felipe Ossa, el librero mayor de Colombia, famoso por su trabajo de décadas en la Librería Nacional?

Fue muy entretenido. A mi papá lo amo con todo mi corazón, nunca sentí esa rivalidad o peso de ser su hijo, era un hombre muy noble y en casa el poder estaba en manos de las mujeres, mi madre, mis tías. Crecí entre las colecciones de libros y revistas de mi padre, en especial de su colección de cómics, de casi 3000 ejemplares raros que no llegaban mucho a Colombia; al morir él, su biblioteca tenía unos 13.000 libros.

Una de las peleas de mi padre es que la Ley del Libro no incluyó al cómic, porque se consideró que el cómic no era cultura y estaba al mismo nivel de la pornografía. Con el cómic franco-belga, el español, el italiano, mi papá hizo una colección muy grande.

Andrés Ossa, autor, editor y especialista en marketing y negocios digitales, fue director del Cerlac. | Foto: El País

¿Cuáles de los legados de tu padre consideras más importantes?

Pues son muchos, él defendió la lectura como un espacio necesario para encontrar la paz, la tranquilidad. Segundo, la convicción en el buen trabajo; Mario Mendoza dijo que en la Colombia de los años 80, cuando mucha gente pensaba en traquetear, en hacer plata rápido, mi papá lo que hizo fue apostar por las librerías y crear lectores.

Lo tercero es su perseverancia en coleccionar, pues fue muy fiel a la construcción de su biblioteca personal. Su colección de revistas, por ejemplo. Con la revista Gráfico, entendí qué es el fútbol: la cosa más importante de lo menos importante.

¿Qué efecto tuvo en ti crecer rodeado de una biblioteca de tu padre y su mundo de librerías?

Me dejó una imaginación muy grande, pero por otro lado un dolor, porque todo lo que yo amaba y quería no era entendido por nadie, las cosas que yo amaba gracias a los libros nadie las conocía, así que siempre estaba un poco solo.

Cuando mis amigos del colegio venían a mi casa no admiraban la biblioteca, sino que lo consideraban un poco raro y hubo gente que hizo comentarios despectivos. Obviamente dejaron de seres amigos inmediatamente, pero fue difícil como niño encontrar pares. Además yo era irreverente, no encajaba, y menos en Bogotá.

Hablando de infancia y libros, tienes varios libros infantiles publicados con mucho éxito, ¿por qué te enfocaste en esos primeros lectores?

Me enamoré de un concepto que se llama ficción infantil. Vi que había un potencial en ese mercado, un espacio muy grande, así que quise hablarles a los niños de temas de cultura general y entusiasmarlos para que se enamoren del conocimiento a partir de varios libros que no fueran historias de ficción.

Creo que vale la pena a apuntarle a eso, porque hay muchas temáticas que los colegios no ven: materias como la economía, las ciencias, la creación de empresa, el transporte, la historia de las cosas. Todas las materias necesitan héroes.

¿Hay un hueco en las lecturas que los colegios proponen a los niños?

Usualmente en el colegio nos dan las materias sin los personajes. Entonces nos enseñan matemáticas sin enseñarnos quién encontró tal solución, o en qué contexto. Yo soy un enamorado de las historias y sus protagonistas, y creo realmente que el ser humano necesita historias bien contadas.

¿Por eso admiramos a la gente incorrecta, porque el colegio no nos ha enseñado a quién admirar?

Sí, totalmente. La historia se enseña muy mal, basada solo en guerras, batallas y fechas. Pero es la historia de las pequeñas cosas la que realmente nos afecta a nosotros. Los hombres militares nos afectan, pero afectan mucho más los creadores del transporte, del motor, de la combustión.

Pero creo que enseñar la historia a partir solo de hechos políticos y militares está mal. O sea, creo que debe ser mucho más amplia. Para mí una pregunta moral esencial que debería abordarse en los colegios es: ¿Cómo erradicar la pobreza?

Has escrito un libro para niños titulado ¿Cómo crear riqueza? Son 17 historias de grandes emprendedores de la vida real, Henry Ford, Elena Rubinstein, Walt Disney, Andrew Carnegie…

Son personas reales que crearon un valor agregado en el mundo. Lo normal es la pobreza. Habría que enseñar a los niños cómo se crea la riqueza, cómo logras ver de forma distinta un problema y generas un valor agregado. Pero lo que realmente importa en el fondo es cómo mejoras la vida a los demás.

¿Por qué empiezas tu libro por Aldo Manuzio?

Porque fue el que realmente popularizó los libros. Fue el primer gran editor. Tuvo el olfato para sacar colecciones editoriales y venderlas, hacerlas masivas, en la Italia de su época.

Estamos hablando del siglo XVI. Antes de él los libros eran grandes y pesados, con letra gótica difícil de leer. Él inventó los libros de bolsillo e inventó un tipo de fuente que aún se usa, las itálicas, mucho más sencillas de leer. Él vio que en la industria cultural se podría innovar, y convirtió al libro en un objeto de estatus.

Tienes también a Elena Rubinstein…

Siempre que escribo un libro me enamoro de los personajes. De Elena me enamoré completamente, porque su historia de vida es fascinante. Ella era una niña muy rebelde, judía, polaca, ortodoxa.

Bonita, bajita y tenía un secreto de familia: hacían cremas para la piel con grasa de oveja. Viajó a Australia y decidió vender sus cremas puerta a puerta, también creó el spa, triunfó en Inglaterra, en Francia y en Estados Unidos. Su imperio global empezó con una niña muy pobre, de 20 años.

Otro de tus personajes es el creador de Honda…

Soichiro Honda me encanta. En Japón su padre tenía una empresa de piezas para carros, pero su fábrica fue bombardeada en la Segunda Guerra Mundial, por Estados Unidos, y al año siguiente lo poco que quedaba lo destruyó un terremoto.

Con toda su fortuna hecha polvo, creó una bicicleta con un motorcito a dos tiempos. Fue bonito, barato, hizo una motocicleta muy eficiente. Fue un tipo empírico. Hoy es conocido en todo el mundo.

Una de mis favoritas es la historia de Walt Disney, quien no tuvo infancia y de adulto inventó para todos una nueva infancia.

Creó un universo, creó los parques de diversiones, hoy nos resulta normal pero nada de lo que él hizo lo era; fue un pionero, apostó por la animación pese a la dificultad y el costo.

¿Qué rasgo común encontraste en todos estos héroes empresariales?

No se conforman. Y veían oportunidades donde la gente usualmente veía crisis. Para ninguno fue fácil. Fracasaron muchas veces, no la tuvieron fácil como la gente cree, que solo con dinero se puede hacer dinero. No es así, todos tuvieron retos y tremendas dificultades.

Cuando entrevisté a tu padre, le pregunté cómo imaginaba el cielo, y dijo: como una gran biblioteca llena de todos los libros del mundo, con unas ángeles muy bellas que subían con sus alas hasta los pisos altos y le bajaban los libros. ¿Cómo te imaginas el cielo?

Pues el cielo sí puede tener esa oportunidad de leer lo que uno quiera. Pero prefiero estar tranquilo y sereno, y entregarme a la felicidad inmensa del universo. Para leer, está la vida.

En frases

Empecé como coordinador de marketing de Alfaguara. La bienvenida que me dio mi maestra Pilar Reyes fue: si tú no sirves, te vas al mes. Y funcionó, porque duré bastante tiempo y luego estuve muchísimo tiempo en Planeta”.

“Cuando yo estaba haciendo mi MBA todos mis compañeros provenían del mundo del petróleo, el gas, y yo de los libros, y siempre me mostraban las noticias apocalípticas que hablaban de la muerte del libro. Y nunca pasó”.