Aunque para muchos pasa casi desapercibido por su corta duración, febrero es el mes más singular del calendario, pues es el único que no alcanza los 30 días y, además, el único cuya extensión cambia con el paso de los años: normalmente tiene 28 días, pero cada cuatro años suma uno más.

Cabe destacar que, detrás de esta anomalía no hay un simple capricho, sino una larga historia que se remonta a la Antigua Roma, cuando se intentó por primera vez armonizar el tiempo humano con los ciclos astronómicos.

La explicación del mes más corto del año está íntimamente ligada a la necesidad de las primeras civilizaciones de medir el tiempo con precisión.

Para las sociedades sedentarias, establecer calendarios estables era clave no solo para organizar las labores agrícolas, sino también para fijar festividades religiosas y, por supuesto, para el cobro de impuestos. Los romanos, herederos de saberes etruscos y griegos, fueron pioneros en esta tarea dentro del mundo occidental.

Cada febrero recuerda que el calendario que usamos a diario es el resultado de siglos de ajustes, creencias y decisiones políticas, y que su peculiaridad no es un error, sino un legado histórico que aún perdura. | Foto: El País

Según la tradición recogida por autores como Ovidio, el primer calendario romano se atribuía a Rómulo, fundador de Roma. Este sistema primitivo constaba de solo diez meses, desde marzo hasta diciembre, y sumaba 304 días.

Enero y febrero no formaban parte del conteo regular: eran un período indefinido que se dejaba pasar hasta la llegada de la primavera. El propio Plutarco relató que, en aquellos tiempos remotos, los meses se contaban sin un orden claro, con duraciones irregulares que oscilaban entre menos de 20 y más de 35 días.

Con el paso del tiempo, aquel calendario resultó insostenible. Fue entonces cuando, según Tito Livio, el segundo rey de Roma, Numa Pompilio, habría reformado el sistema dividiendo el año en doce meses, siguiendo los ciclos de la Luna.

A él se le atribuye la incorporación de enero y febrero, este último ubicado originalmente como el último mes del año. Aunque estas historias se mueven entre el mito y la realidad, sirvieron a los romanos para explicar la estructura de un calendario que se mantuvo durante siglos.

Uno de los factores que influyó en la duración de los meses fue una antigua superstición romana: los números impares eran considerados de buena suerte. Por ello, se favorecieron meses de 29 y 31 días.

Sin embargo, la suma de meses impares daba como resultado un total de días par, algo que no encajaba con los augurios. Para resolverlo, se restó un día a uno de los meses, y el elegido fue febrero, que quedó con 28 días y cargó desde entonces con la fama de ser un mes “gafe”.

Este calendario republicano, de 355 días, seguía teniendo un problema: cada año se acumulaba un desfase de unos diez días frente al año solar. Para corregirlo, se añadía periódicamente un mes extraordinario, también en febrero, cuya administración quedaba en manos del Pontifex Maximus.

La falta de rigor y la manipulación política provocaron desajustes tan grandes que las estaciones llegaron a celebrarse en fechas equivocadas.

Sin mebargo, la solución definitiva llegó en el 46 a.C., cuando Julio César impulsó una reforma radical. Inspirado en el calendario solar egipcio, estableció un año de 365 días, con meses de 30 o 31 días y febrero con 28.

Para compensar las casi seis horas adicionales del año astronómico, ordenó repetir un día cada cuatro años. En la Roma antigua, ese día no era un 29 de febrero como hoy, sino la repetición del sexto día antes de marzo, lo que dio origen al término “bisiesto”.

Este calendario rigió durante más de 1.600 años, hasta que en 1582 el papa Gregorio XIII introdujo un nuevo ajuste, base del calendario actual. Con el tiempo, el día repetido se fijó definitivamente como el 29 de febrero, manteniendo la anomalía de un mes más corto que los demás, heredada de antiguas supersticiones paganas.

Así, cada febrero recuerda que el calendario que usamos a diario es el resultado de siglos de ajustes, creencias y decisiones políticas, y que su peculiaridad no es un error, sino un legado histórico que aún perdura.