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Un debate innecesario

Octubre 01, 2020 - 11:55 p. m. Por: Editorial .

Luego de diez días de estar cubierto por una manta blanca, la estatua de Sebastián de Belalcázar recobró su libertad y volvió a ser el punto de encuentro de millares de caleños y turistas que la visitan a diario. Con ello se demuestra que no es necesario dedicar los esfuerzos de la Administración Municipal y el Concejo de la ciudad a discutir sobre su permanencia en el sitio donde fue erigida, hace ochenta y cuatro años.

En ese entonces, Cali cumplió cuatro siglos de fundada y las autoridades de la ciudad ordenaron su construcción e instalación en la colina. Y alrededor de esa estatua se creó un parque público que con el pasar del tiempo se constituyó en lugar de reunión y emblema de una comunidad que se transformó en urbe cosmopolita a la cual llegan personas de toda Colombia y del mundo, siendo recibidos con la amabilidad y las oportunidades que ofrece la capital vallecaucana.

Y no fue un monumento a una persona en específico. En la placa ubicada en el pedestal se lee el nombre de 30 personas. “La ciudad de Santiago de Cali a sus principales fundadores”, reza el homenaje que entonces se quiso hacer a quienes le dieron vida a lo que hoy es una urbe de más de dos millones de habitantes, con todas sus virtudes, sus problemas, con las crisis que ha padecido y las alegrías que siempre depara.

No es pues un monumento a alguien que represente la represión, la esclavitud o el abuso a las comunidades indígenas. Es ante todo la expresión de una comunidad que entiende la diversidad como su razón de ser. “Tierra madre, feraz, tierra buena, que a la pena ancestral pones fin. Donde nadie es extraño ni esclavo, y es hermoso nacer y vivir”, dice el Himno de Santiago de Cali escrito por el poeta del Pacífico Helcías Martán Góngora y cuyos arreglos son del maestro Santiago Velasco Llanos.

Ahora, la propuesta de un concejal que no parece conocer las raíces de la ciudad ha dado pie para una polémica innecesaria, apoyada por las redes sociales que tanto interés despiertan en algunos funcionarios, como si ellas fueran el reflejo de la opinión de la ciudadanía. Y al parecer, la amenaza de tumbarla originó el que fuera cubierta durante diez días con una tela para que allí se manifestara algo en contra o a favor de la estatua.

Muy poco pasó, salvo el rechazo de los caleños que ven el monumento como la cara de su ciudad que los identifica ante el mundo, como ocurre en todas las comunidades de seres humanos. No es ese emblema de opresión y abusos como algunos pretenden mostrarlo, sino el símbolo de la confraternidad que se demuestra todos los días con la presencia a su alrededor de centenares de personas de todas las condiciones.

Cali tiene muchos espacios al sur, al norte, al oriente, donde no se ha levantado un monumento que refleje la nueva ciudad construida en los últimos setenta años. ¿Por qué no se hace ahora, en vez de poner en tela de juicio lo que hemos construido?

La estatua de Sebastián de Belalcázar no puede ser objeto de más discusiones, inconducentes en los momentos difíciles por los que atraviesa la ciudad. Ni puede ser motivo de discordia como algunos pretenden.

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