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Incendios criminales

Febrero 24, 2020 - 11:55 p. m. Por: Editorial .

A Colombia le han aparecido 18.000 nuevas cicatrices. Cada una de ellas, corresponde a una hectárea de bosque o selva arrasada entre el 16 de diciembre pasado y el 24 de febrero de 2020 por incendios intencionales.

Es el reflejo de la destrucción sistemática a la que están sometiendo el patrimonio más importante del país, el de su riqueza natural. El fin de semana fueron 220 hectáreas las que ardieron en la Serranía de La Macarena; igual suerte corrían ayer lunes extensas áreas de bosque en Tame, Arauca; Cereté, Córdoba, y San Martín, Meta.

Son algunos ejemplos de la tragedia que vive a diario el país como consecuencia de los incendios provocados, que afectan Parques Nacionales y las zonas de reserva, precisamente donde se encuentra la mayor biodiversidad de Colombia.

Detrás de esas quemas no están sólo los colonos que buscan conseguir un pedazo de tierra para establecerse. Son organizaciones criminales que destruyen la selva para implantar sus ganaderías y usan a los campesinos para detener la acción de las autoridades. Y un tinglado criminal montado por el narcotráfico que expande su negocio de los cultivos ilícitos, secundado por la minería ilegal y por mafias que trafican con la vida silvestre.

Esa es la razón por la cual Colombia pierde cada año 200.000 hectáreas de bosques, mientras ve impotente cómo su más importante patrimonio se diezma a una velocidad alarmante. Y aunque las causas y los autores se saben, las autoridades llegan casi siempre tarde, cuando la destrucción está consumada. o es atacada por cumplir con su deber.

Los Farallones de Cali son el ejemplo de ello. Es reconocida la presencia de la minería ilegal que destruyen los ríos que nacen en el Parque o las invasiones que le van ganando terreno a la reserva o de la deforestación que destruye su biodiversidad. Y en el Amazonas, la locura destruye la selva y amenaza patrimonios culturales irremplazables.

Pero nada ha sido suficiente para ganarles la batalla a esos enemigos. Por supuesto hay que reconocer la dificultad que conlleva vigilar un territorio de 1142 millones de kilómetros cuadrados, con áreas tan extensas para cuidar como Chiribiquete, el Patrimonio Natural y Cultural de la Humanidad que abarca 4,2 millones de hectáreas en su mayoría inexploradas y que ya están siendo afectadas. O como el Chocó biogeográfico, la selva húmeda que concentra la mayor diversidad biológica del Planeta.

El Estado está en la obligación de protegerlo y de tomar las decisiones que se requieran para asegurar que así sea, así como es inaceptable que miembros de la Fuerza Pública sean retenidos por quienes se proclaman defensores de la naturaleza mientras la destruyen. También hay que garantizar la seguridad y la vida a los guardabosques, hoy amenazados y obligados a abandonar sus puestos.

El tiempo de la retórica ya pasó, ahora hay que actuar para asegurar la conservación del capital más importante que tiene la Nación, representado en sus recursos naturales, en sus ecosistemas y en su biodiversidad. Ahí es donde está el futuro de Colombia.

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