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Volver a empezar
Quien siempre se sintió fuerte descubre, quizá por primera vez, que también necesita apoyo. En cada transición importante surge la pregunta ¿quién soy ahora que esto ya no está?
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28 de abr de 2026, 02:17 a. m.
Actualizado el 28 de abr de 2026, 02:17 a. m.
Volver a empezar suele sonar como una frase sencilla, casi optimista. La decimos cuando alguien pierde un trabajo, termina una relación, cierra un proyecto o atraviesa una etapa difícil. Parece una invitación a moverse, a pasar la página, a recuperar el ánimo. Pero, en realidad, volver a empezar casi nunca consiste únicamente en cambiar de escenario. Muchas veces implica algo más profundo: revisar la identidad que habíamos construido alrededor de aquello que terminó.
Por eso duele. Porque no solo perdemos una circunstancia, también se mueve la forma en que nos entendíamos a nosotros mismos. Quien se definía por un cargo debe preguntarse quién es cuando ya no tiene ese título. Quien organizó su vida alrededor de una relación debe aprender a reconocerse fuera de ella. Quien siempre se sintió fuerte descubre, quizá por primera vez, que también necesita apoyo. En cada transición importante surge la pregunta ¿quién soy ahora que esto ya no está?
El consultor William Bridges, en sus estudios sobre transiciones personales y organizacionales, decía que el cambio es externo, pero la transición es interna. Una cosa es que algo termine; otra muy distinta es aceptar emocionalmente ese final, atravesar la incomodidad del vacío y construir un nuevo comienzo. Esa diferencia es clave, porque muchas veces la vida ya cambió por fuera, pero nosotros seguimos intentando vivir por dentro como si nada hubiera pasado.
Ahí aparece una de las tareas más difíciles del crecimiento personal, dejar de defender una vida que ya no nos representa. No porque haya sido falsa, inútil o equivocada, sino porque cumplió su ciclo. Hay versiones de nosotros que fueron necesarias para sobrevivir, lograr, complacer, pertenecer o demostrar. Pero llega un momento en que esas mismas versiones empiezan a quedarnos estrechas. Lo que antes nos protegía puede terminar encerrándonos.
La madurez casi nunca llega como una epifanía. Llega cuando una conversación nos incomoda, cuando una decisión aplazada empieza a cobrarnos factura o cuando entendemos que seguir igual también es una forma de elegir. Crecer, entonces, exige una honestidad que no siempre tenemos ganas de practicar. Se debe mirar de frente nuestros hábitos, nuestras excusas, nuestros miedos y las lealtades invisibles que nos mantienen atados a lugares donde ya no podemos florecer.
Hoy creemos que no hay tiempo para el dolor. Se busca sanar rápido, reinventarse rápido, estar bien rápido. Pero la vida interior no funciona con cronómetros. Hay aprendizajes que necesitan repetición, tropiezos y tiempo. Hay heridas que no se cierran solo porque alguien nos diga “supéralo”. Hay decisiones que sólo maduran cuando dejamos de forzarlas.
Por eso volver a empezar no siempre ocurre con simplemente decirlo. Muchas veces empieza paso a paso, ordenando una mañana, pidiendo perdón, retomando una rutina, poniendo un límite, volviendo a leer, caminar, dormir mejor, hablarse con menos dureza. La transformación casi siempre se construye en actos pequeños, consistentes y poco visibles, que nos devuelven lentamente al centro.
Por eso, cuando llegue el momento de volver a empezar, no lo hagamos con la prisa de quien quiere demostrar que ya superó todo. Hagámoslo con la honestidad de quien entiende que reconstruirse también es una forma de respeto propio. A veces el primer paso no es cambiar de vida, sino dejar de traicionarnos en la vida que ya tenemos.
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