Columnista
Un mundo, dos discursos
Canadá y Estados Unidos comparten la frontera internacional más larga del mundo, poco menos de nueve mil kilómetros, cruzada por unas trescientas mil personas cada día en ambas direcciones, comercio diario de productos y servicios de unos tres mil millones de dólares...
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1 de feb de 2026, 12:00 a. m.
Actualizado el 1 de feb de 2026, 12:00 a. m.
Estados Unidos y Canadá se robaron el show en la reunión anual del Foro Económico Mundial, con dos disertaciones trascendentales por parte de sus líderes, Donald Trump y Mark Carney, que reflejan el mismo mundo desde dos ópticas diametralmente opuestas. Trump hizo una radiografía del mundo desde su óptica del poder puro y duro, ese que confiere la capacidad militar, económica y financiera, en el que todo se vale, en el que siempre se puede usar uno de los garrotes para obtener réditos, en el que amigos y enemigos son lo mismo, tratados con las mismas armas.
Trump hizo gala, exagerando, de lo que percibe son sus logros en su primer año, en los que la captura de Maduro y su esposa se ubica en lo más alto. Se explayó en el tema de Groenlandia, una obsesión desde su primera administración, pero que en esta adquiere visos de urgencia manifiesta. Respecto a Canadá, dijo que el país vivía gracias a Estados Unidos e increpó a Carney por ser desagradecido con Estados Unidos y dejó en el aire, sin mencionarlo, su intención, irreal, de volver Canadá el estado 51 de la Unión. Al día siguiente se refirió a Carney como ‘gobernador’.
Canadá es el segundo país más extenso del planeta, pocas veces protagonista de eventos globales, firmemente anclado en la alianza occidental y cuya identidad en parte se ha forjado diferenciándose de su vecino del sur. Sin embargo, fue un primer ministro canadiense, Lester Pearson, el creador de los cascos azules, por lo que fue galardonado con el premio Nobel de Paz, ese que Trump tanto ansía.
En sus palabras, Carney habló de una ‘ruptura’ del sistema internacional basado en normas, que no una transición, de la hipocresía de los grandes que no cumplen a pesar de predicar sus bondades, de una vida en medio de la mentira, y llamó a una alianza de las potencias medias para preservar la legitimidad, los derechos humanos, la sostenibilidad, la soberanía y la integridad territorial. Su frase lapidaria en relación con las potencias medias: “Si no estamos en la mesa, estamos en el menú” quedará en la historia de las relaciones internacionales y como símbolo de la reunión de Davos, mucho más trascendente que la asamblea general de la ONU.
Dos países cuyas vidas, si se puede decir así, están entrelazadas de manera tal que la existencia de un conflicto de narrativas era impensable hasta ahora. Canadá y Estados Unidos comparten la frontera internacional más larga del mundo, poco menos de nueve mil kilómetros, cruzada por unas trescientas mil personas cada día en ambas direcciones, comercio diario de productos y servicios de unos tres mil millones de dólares y una estrecha cooperación militar a través de Norad y la Otan y en el Ártico. La integración es tal que ambos países eximen al otro de requisitos migratorios, visas y ESTA, en los grandes aeropuertos de Canadá operan los sistemas migratorios y de aduanas americanos; equipos de béisbol, hockey sobre hielo y basquetbol canadienses juegan en las grandes ligas; los actores canadienses en Hollywood no se diferencian de sus pares americanos.
Por lo anterior, no puede menos que sorprender la persistente hostilidad desplegada por la administración Trump contra Ottawa. Los aranceles que ha impuesto a los automóviles han devastado a la industria automotriz canadiense y afectado otros sectores económicos. Por su lado, el nacionalismo se ha despertado de manera inusitada en Canadá y un silencioso boicot a productos americanos y a viajes a Estados Unidos está tomando fuerza.
La turbulencia del mundo actual se reflejó en Davos, siendo los vecinos Trump y Carney sus exponentes más elocuentes.

Analista internacional para varios medios en Colombia y el exterior. Fue profesor de la Universidad de Externado hasta 2022 y es actual docente de la Universidad del Rosario. Colaborador y columnista de El País desde el 2001.
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