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Un gobierno que expulsa

Cuándo despedir a un hijo, a un hermano o a un amigo ya no es la excepción, sino parte de la rutina nacional.

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Gabriel Velasco Ocampo
Gabriel Velasco Ocampo | Foto: El País

30 de abr de 2026, 01:12 a. m.

Actualizado el 30 de abr de 2026, 01:12 a. m.

Antes, irse de Colombia era una apuesta. Hoy, para demasiados, se volvió una salida de emergencia.

Ese es, quizá, el síntoma más brutal del fracaso de un gobierno: cuando la gente empieza a sentir que su futuro está mejor lejos de su tierra que dentro de ella. Cuando la maleta deja de ser promesa y se vuelve renuncia. Cuándo despedir a un hijo, a un hermano o a un amigo ya no es la excepción, sino parte de la rutina nacional.

Las cifras no describen una percepción: describen un escándalo. Entre 2022 y 2024, más de 1,3 millones de colombianos se fueron del país de forma definitiva. Solo en 2022 salieron cerca de 547.000, el pico más alto de la serie reciente. Y 2025, lejos de marcar un alivio, confirmó que la hemorragia seguía abierta. Colombia no estaba reteniendo a los suyos; seguía viendo cómo se iban.

Eso ya no es una anécdota migratoria. Eso es pérdida masiva de confianza. Porque no se está yendo únicamente el que busca un mejor salario o el que se lanza a una ruta desesperada. También se está yendo el joven preparado, el profesional valioso, la familia que no ve horizonte, el que estudió, trabajó e hizo las cosas bien y aun así siente que Colombia dejó de ser un proyecto de vida para convertirse en una sala de espera.

Y aquí aparece la verdad más dura para este gobierno. Gustavo Petro no inventó la migración, pero sí agravó las razones para irse. Bajo su mandato crecieron la incertidumbre, la sensación de desgobierno, la desconfianza frente a las reglas de juego y la percepción de que Colombia se volvió un país cada vez menos atractivo para invertir, trabajar y construir futuro. Cuando un gobierno erosiona la confianza, mucha gente no protesta: simplemente hace maletas.

El dato más demoledor de todos confirma que el problema ya no es solo humano, sino económico. En 2024, Colombia quedó como el tercer país del mundo con más solicitudes de asilo, con cerca de 393.000 casos, solo por detrás de Sudán y Venezuela. Y en 2025 el país recibió US$13.098 millones en remesas, mientras la inversión extranjera directa fue de US$11.469 millones. Es decir, por primera vez en dos décadas entró más plata de los colombianos que se fueron que de quienes decidieron apostarle al país.

Dicho en castellano: Colombia está empezando a depender más de sus ausentes que de su capacidad de atraer confianza. La remesa es el dinero del afecto, del sacrificio y de la distancia. La inversión es el dinero de la confianza. Y cuando un país empieza a vivir más del primero que del segundo, lo que está diciendo no es solo algo sobre su economía. Está diciendo algo mucho más profundo sobre su deterioro. Que hay más colombianos ayudando a sobrevivir desde afuera que inversionistas creyendo que vale la pena sembrar desde adentro.

Un gobierno serio trabaja para que su gente quiera quedarse, crecer, emprender y criar a sus hijos en su propio país. Un gobierno responsable construye condiciones para atraer talento, no para expulsarlo. Pero este gobierno, que prometió esperanza, está normalizando la despedida. Y esa es tal vez su condena más honda: no solo lo que dañó, sino lo que hizo sentir. Que quedarse ya no parece una ilusión. Que irse, para demasiados, empieza a parecer la única salida.

Un país sano atrae.

Un país enfermo expulsa.

Y hoy Colombia, tristemente, está expulsando a los suyos.

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