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De plástico y marfil

La sobreprotección de especies en vías de extinción, llega a veces a niveles absurdos.

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Medardo Arias Satizábal
'A este lado del estero', poemario de Medardo Arias Satizábal. | Foto: Medardo Arias Satizábal / Ser Zanja

30 de abr de 2026, 01:13 a. m.

Actualizado el 30 de abr de 2026, 01:13 a. m.

De proteger chigüiros, dantas y zarigüeyas, los colombianos son ahora protectores de hipopótamos, aunque, es verdad, estos últimos van a estar mejor en India.

La sobreprotección de especies en vías de extinción, llega a veces a niveles absurdos. En Canadá, por ejemplo, no es posible cruzar por la frontera ningún objeto que contenga marfil. Obviamente para proteger a los elefantes; sin embargo, las leyes redactadas para estos efectos, cojean también del lado menos pensado.

Si usted tiene un piano de fines del siglo XIX, no puede enviarlo de Estados Unidos a Canadá, pues las autoridades de inmigración alegarán que es ‘ilegal’ porque tiene teclas de marfil. Pero, me pregunto: ¿Antes de apogeo del plástico, no eran de marfil las teclas de todos los pianos del mundo?; ¿se conocían acaso bolas de billar hechas en un material distinto?

Fue mi caso y aún no salgo de mi asombro. Heredé un piano ‘Knabe’, alemán, de cola, pequeño, lo que llaman un ‘baby grand piano’, que fuera de mi esposa, a la postre musicóloga y profesora de Trinity College en Hartford, Connecticut, y al regresar a Colombia, me planteé la posibilidad de enviarlo en barco. Sin embargo, el costo del flete era superior al del piano, y decidí donarlo a la familia de mi difunta esposa en Toronto. Ahí fue Troya. El piano salió una mañana en camión hacia Canadá, envuelto en sábanas, como un bebé, pero llegó solo hasta la frontera de las Cataratas del Niágara. La aduana certificó que debía regresar a Connecticut, pues sus teclas de marfil le impedían cruzar la línea del territorio canadiense.

Total, permaneció en una bodega en Estados Unidos, solo por tener acumulado el tiempo del siglo XIX cuando el marfil de los enormes paquidermos se destinaba a usos tan nobles como las teclas blancas y negras de este bello instrumento.

El plástico ha envilecido al mundo; reemplazó materiales tan bellos como la tagua en la fabricación de botones. Hubo un momento en que los tagüeros de Tumaco, en nuestra costa Pacífica, conformaron una élite económica, como la azucarera hoy. La industria fabril encontraba ahí el material adecuado, ese mismo que era conocido como ‘el marfil de la selva’.

Es proverbial la rigidez de la aduana en la frontera de E.U y Canadá, la cual llama a comentarios graciosos e irónicos de quienes van por esos pagos. Particularmente, me tocó ver cómo decomisaban mercados. Por las ventajas que daba el cambio entre el dólar estadounidense y el de Canadá, -no sé hoy- muchos propietarios de restaurantes y también amas de casa, preferían mercar al otro lado de la frontera. Si tenían suerte, pasaban, pero si no, debían someterse a un largo y dispendioso examen de tomates y hortalizas.

Todavía se comenta ahí lo que ocurrió con la fiebre de las vacas locas. A Canadá no podía entrar un solo gramo de carne de los Estados Unidos. Una chica que venía consumiendo una hamburguesa, fue obligada a terminarla al otro lado de la línea fronteriza…

Quienes redactan las leyes, desconocen muchas veces el lado humano, la excepción, y meten en un solo saco lo que es y no es admisible.

La donación de un piano, puede convertirse de pronto, sin saberlo, en un acto ‘ilegal’ que no consulta razones históricas. El mundo del siglo XIX no es igual al de hoy. Era un tiempo en que se organizaban safaris y las mujeres llevaban abrigos de pieles. Hay que proteger a los elefantes, es cierto, pero no se puede condenar un piano con cláusulas aduaneras del siglo XXI, por tener este teclas de marfil.

Medardo Arias Satizábal, periodista, novelista, poeta. En 1982 recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la categoría Mejor Investigación. En tres ocasiones fue honrado con el Premio Alfonso Bonilla Aragón de la Alcaldía de Cali. Es Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, 1987, y en 2017 recibió el Premio Internacional de Literaturas Africanas en Madrid, España.

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