El final de El Atravesado

Septiembre 17, 2022 - 11:30 p. m. 2022-09-17 Por: Santiago Cruz Hoyos

La historia la contó Jaime Acosta, actor en la mayoría de las obras del escritor Andrés Caicedo, durante la presentación del libro Teatro Completo, en el festival Oiga, Mire, Lea, que acaba de finalizar en Cali.

Según Jaime, quien conversó con el profesor Carlos Patiño Millán, el manuscrito de El Atravesado, el primer libro que publicó Andrés (se lo financió su mamá, doña Nelly Estela) tiene un final distinto al que conocemos. El actor Edwin García, del Teatro Matacandelas de Medellín, y quien interpreta un monólogo estupendo de ese cuento, no lo podía creer. “No, no, no”, repetía sorprendido. Una de las copias del cuento original estaba en una especie de urna. Será donado por Jaime y la familia Caicedo a la biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá.

La historia es así. Andrés Caicedo escribió El Atravesado en 1971. Todo sucedió por el 'estado de ánimo' que produjo en él lo sucedido en Cali el 26 de febrero de ese año, cuando el Movimiento Estudiantil de la Universidad del Valle, influenciado por las revueltas de Francia, la revolución cubana y China, salió a las calles a protestar por decisiones que consideraba arbitrarias por parte del rector Alfonso Ocampo Londoño.

Las protestas comenzaron días antes. En la mañana de ese 26 de febrero se conoció la muerte de un estudiante, Édgar Mejía, ‘Jalisco’, presuntamente a manos del Ejército. El gobernador del Valle, Santiago Rengifo, decretó el toque de queda. Los estudiantes se enardecieron. El descontento se propagó por todo el país. 35 universidades se declararon en paro. Se calcula que ese día 15 estudiantes fueron asesinados por la Policía y el Ejército, otras decenas terminaron heridos y 6000 fueron detenidos.

Entre los presos en una cárcel de Barranquilla estaban Gustavo Vivas, Carlos Jiménez, Ricardo Sánchez y Moritz Ackerman, dirigentes nacionales estudiantiles. Andrés Caicedo les escribió una carta que entre otras cosas decía: “Por una literatura que pueda ser comprendida por una persona con la cultura necesaria para comprender una fotonovela. Que la lean las sirvientas, guachimanes, amas de casa, todos los amigos nuestros y todos los enemigos. Que soldados y policías, ebrios de amor en vano, se suiciden leyéndola. Este cuento es para ustedes”.

Junto a la carta iban cuatro copias de esa primerísima versión de El Atravesado. En total Andrés Caicedo sacó diez copias en esténsil, la técnica para imprimir de la época, y las que sobraron se las regaló a sus amigos, entre ellos el actor Jaime Acosta.

“A Andrés lo conocí en el colegio, era compañero de pupitre. En él todo era un asunto de perfección. Cada cuento, cada relato suyo, tiene cinco o seis versiones. En ‘Los dientes de caparucita’ pasa eso. Igual en ‘Que viva la Música’, son diversas las versiones. Andrés iba tachando, cambiando, ajustando, hasta lograr las versiones definitivas, que son las que han publicado Sandro Romero y Luis Ospina. Pero en el caso de El Atravesado me sorprendió ese final distinto. Andrés escribe el cuento en 1971 y lo manda a los líderes estudiantiles presos en Barranquilla.
Cuatro años después, en 1975, su mamá le regala la edición del libro, la impresión. Era un librito amarillo, con una etiqueta que decía: Ediciones Marca Pirata de Calidad. Fue en ese lapso de tiempo, entre esas copias que envió a los líderes estudiantiles capturados, y la aparición del libro impreso, cuando Andrés cambió el final”, dice Jaime.

Los cambios son sutiles, pero no por ello dejan de ser curiosos. En la primera versión se leen algunas frases que no están en el libro como “me gusta la historia, la poesía, la salsa y la política”; “cuando recuerdo me pongo triste, pero cuando recuerdo el 26 de febrero me pongo es tieso; la ciudad prendida de la 15 pa arriba, los manes del Politécnico, nosotros todos Santa Librada, Benjamín Herrera, ¿cuántos éramos? ¡Gritando presente! Había que ver esos policías armados hasta los dientes. Había que ver cómo cascamos a ese policía”.

Andrés agregó en esa primera versión una frase final, una añoranza que, de alguna manera, se sigue cumpliendo después de 44 años de su muerte: “Qué legal que sería que algún día leyera todo esto la hembra que más me gusta a mí en el mundo”.

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