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Preocupante tendencia
El antisemitismo es una enfermedad social. Pensar que el engendro afecta solo a los judíos es desconocer la historia, pues lo que empieza con los judíos no termina ahí.
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7 de jun de 2026, 12:53 a. m.
Actualizado el 7 de jun de 2026, 12:53 a. m.
Desde el 7 de octubre de 2023, tras el brutal ataque de Hamás a Israel, una masacre con niveles de sevicia sin precedentes, que dejó 1200 víctimas mortales, entre ellos niños, ancianos y mujeres, y 251 secuestrados, el antisemitismo en el mundo explotó de manera que no se veía desde que se apagaron las cámaras al final de la Segunda Guerra Mundial.
Muchos que abrigaban sentimientos o prejuicios antijudíos salieron del clóset, eufóricos a dar rienda suelta a ese odio que los consumía por adentro. El mismo día de la masacre salieron a celebrar ‘la resistencia palestina’ cuando aún los terroristas seguían asesinando civiles en sus hogares, camas o en el festival de música de Nova al sur de Israel donde 370 jóvenes que solo ‘querían bailar’ fueron acribillados.
Lo que vino después nos traslada, guardadas las diferencias, a los años 30 y 40 del siglo pasado, en que la persecución, el discurso de odio y la violencia contra los judíos en Europa se normalizaron, terminando en las cámaras de gas. Ataques incendiarios contra escuelas, sinagogas e instituciones judías en varios lugares del planeta, ataques con arma blanca, asaltos en las calles y hostigamiento a estudiantes judíos en campamentos en universidades. Una escalada de violencia antisemita cuya mayor tragedia ocurrió en la reciente masacre en Sídney, Australia, donde 15 feligreses que celebraban la fiesta judía de Janucá en una playa pública fueron asesinados a mansalva. Masacre que, al igual que la del 7 de octubre, nunca fue condenada por el Gobierno colombiano, indolente frente a las víctimas judías y cuya retórica desbordada y beligerante contra el Estado democrático de Israel ha contribuido a elevar el discurso de odio contra los judíos.
Pero es en las redes sociales donde la explosión del antisemitismo ha llegado a niveles estratosféricos, impulsada por esa alianza maligna entre la izquierda y el islam radical, unidos simbióticamente por su odio a Israel y a los judíos y facilitada por el anonimato y una laxa moderación de contenido.
El observatorio web del Congreso Judío Latinoamericano, que cuenta con sofisticadas herramientas de monitoreo de antisemitismo en internet, ha validado con datos lo que ya se percibía como preocupante tendencia. En 2025 se analizaron 118 millones de contenidos en español en redes sociales, plataformas digitales, buscadores y portales de noticias. El estudio señala que el 7 de octubre de 2023 ocurrió lo que se denomina una ‘ruptura estadística’, con un salto inusitado de contenido antisemita que estableció una nueva base muy por encima de la que existía antes. En otras palabras, a pesar de que la guerra en Gaza prácticamente concluyó, el antisemitismo se mantiene en niveles mucho más elevados que antes del 7 de octubre; es decir, el fin de la coyuntura no disminuyó la circulación de mensajes hostiles a los judíos.
No sorprende que, de acuerdo con el informe, la plataforma por excelencia para la difusión de antisemitismo sea X, antes Twitter. Una plataforma que en ocasiones es una cloaca donde pululan bodegueros, mercenarios digitales, mercaderes de odio y personajes imbuidos de superioridad moral. TikTok, la plataforma usada por adolescentes y jóvenes, es también, como lo señalan otros estudios, un repositorio de videos, fotos y memes que promueven imágenes distorsionadas de los judíos usadas contra compañeros de colegio, de equipos deportivos y de marco social.
Todas las formas de antisemitismo se han enquistado en las redes: deicidio, negación del Holocausto, teorías conspiratorias sobre el poder judío, viejos y nuevos prejuicios, antisionismo, deslegitimación del Estado de Israel, deshumanización y un largo etcétera. El antisemitismo es una enfermedad social. Pensar que el engendro afecta solo a los judíos es desconocer la historia, pues lo que empieza con los judíos no termina ahí.

Analista internacional para varios medios en Colombia y el exterior. Fue profesor de la Universidad de Externado hasta 2022 y es actual docente de la Universidad del Rosario. Colaborador y columnista de El País desde el 2001.
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