Su majestad el fútbol

Diciembre 21, 2022 - 11:40 p. m. 2022-12-21 Por: Jorge Restrepo Potes

Frisaba los doce cuando mis padres tomaron la decisión de desplazarme de Tuluá a Bogotá para cursar el bachillerato, y hasta ese instante no había presenciado un partido de fútbol. En el colegio donde fui matriculado los muchachos tenían preferencia por el béisbol porque en los recientes juegos Centroamericanos y del Caribe habían destacado los peloteros criollos, uno de ellos ‘Petaca’ Rodríguez.

En 1948 se dio inicio al primer campeonato de fútbol profesional, y uno de los equipos, Santafé, fue fundado por exalumnos del Gimnasio Moderno, por lo que casi todo el plantel -yo incluido- se inclinó por el cuadro de la casaca roja.

Santafé salió campeón ese año. En el siguiente vino el éxodo de las luminarias argentinas atraídas por los altos honorarios que aquí les cubrían. Aparecieron en Millonarios Alfredo DiStéfano y Adolfo Pedernera; y en el rojo, Ángel Perucca, René Pontoni y Héctor ‘Pibe’ Rial, procedentes del equipo bonaerense ‘San Lorenzo de Almagro’, del que es hincha el papa Francisco.

Al llegar a Bogotá mi querido amigo de la infancia tulueña Octavio Toro Gutiérrez, fanático del cuadro capitalino a pesar de su ancestro antioqueño, iba con él a ‘El Campín’ a todos los partidos que jugaba nuestro equipo, y gozábamos de los triunfos del escarlata sobre el azul, pocos, pues ‘Los Embajadores’ por lo general ganaban porque eran, según sus parciales, el mejor equipo del mundo.

Con el correr del tiempo, un buen día caí en la cuenta de que ‘hinchar’ por una escuadra que sólo podía ver dos veces al año en Cali, no valía la pena, algo así como tener novia lejana. Busqué alternativa y ahí estaba otro rojo, el América. Y contrariando la sentencia aquella según la cual el hombre puede cambiar de mujer, de religión, o de credo político, pero jamás de equipo de fútbol, hice lo que ahora en política se conoce como transfuguismo, y desde 1977 me cuento entre los seguidores de ‘La mechita’, con la fe del converso.

Vi todos los partidos de esta Copa Mundo transmitidos por televisión, y juzgo que fue excelente por la organización, por la belleza de los estadios con sus gramas perfectas, por la calidad de las imágenes que nos llegaban a las pantallas, por todo. Ignoro si la Fifa tenga en sus estatutos la obligación de promocionar la democracia en las 211 naciones que la integran. No sé si le sea exigible la defensa de los derechos humanos. Lo que sí sé es que la entidad rectora del fútbol mundial es una megaempresa, cuyo objeto, además de ganar dinero, es fomentar ese deporte y realizar cada cuatro años la Copa Mundo, y los demás eventos futboleros regionales.

Acabado el torneo, he quedado más desubicado que el enmascarado defensor croata al que Messi burló en la raya final para hacerle el pase letal a Julián Álvarez, que liquidó a Modric y su corte. Me hará falta cumplir la cita con los partidos en Doha. Gracias, Fifa.

Como leal argentinófilo, estoy feliz con el triunfo de la Selección gaucha.

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Por primera vez en tantos años sirviendo esta columna debo presentar disculpa por el error que cometí en mi última nota en la que puse los carteles de toros de la temporada del año pasado como si fuesen los de la que inicia el próximo domingo. Quise promocionarla y terminé causando incertidumbre en mis lectores taurófilos. Tauroemoción, organizadora del espectáculo y su propietario don Alberto García, sabrán excusar el dislate.

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