Lo único que une

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Lo único que une

Julio 17, 2019 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

En 1967, el presidente de la República Carlos Lleras Restrepo pactó la unión del oficialismo liberal con la disidencia del MRL, que comandaba Alfonso López Michelsen, con la base programática del apoyo de ambos sectores a la reforma constitucional que el Congreso aprobaría el año siguiente.

En virtud de esa unión roja, López fue nombrado el primer gobernador del Cesar, y Ramiro Andrade elegido presidente de la Cámara de Representantes.

Como yo había participado en las conversaciones de unidad liberal en el Valle, allí conocí a Andrade, uno de los políticos más sagaces y cultos que ha habido en nuestro departamento. Cuando le correspondió escoger a los ocho representantes que integrarían la delegación colombiana a la III Asamblea del Parlamento Latinoamericano, que tendría lugar en Brasilia, me incluyó en la lista. El Senado designó seis de sus miembros.
A Brasilia fuimos a dar los catorce comisionados. A mí esa ciudad se me antojó igual a una maqueta de arquitecto pues todos los edificios eran bellísimos, y contaba con enormes avenidas por las que solamente circulaban automóviles. No se veían peatones.

En el bar del lujoso Hotel Nacional, los colombianos pasábamos las horas en las que no funcionaba el parlamento, y allí alternábamos con preciosas ‘garotas’, que nos preguntaban a todos si teníamos ‘fazendas’ cafeteras.

El Gobierno autorizó que las cámaras eligieran los delegados, y Misael Pastrana, a la sazón ministro de Gobierno -que ya se perfilaba como próximo candidato presidencial del Frente Nacional–, para aquerenciar a los congresistas que viajábamos a la capital brasileña, nos acompañó la víspera del vuelo al Banco de la República donde el gerente entregó los viáticos en dólares.

Concluida la gestión en Brasilia, nos fuimos a Río de Janeiro, una de las ciudades más bellas del mundo, y en ella estaba de embajador de Colombia Fernando Lóndoño y Londoño, quien también pretendía ser candidato.

Londoño vivía con su esposa Melba en el exclusivo Hotel Copacabana, y en su suntuoso apartamento nos ofreció espléndida cena pues a Andrade lo elegimos presidente del Parlamento Latinoamericano, para los dos años siguientes.

Londoño era un hombre cultísimo, de finas maneras y facundo orador. En tono de discurso nos dijo que cuando en Río había problemas políticos con alteración del orden público, el dictador de turno -en ese momento Artur da Costa e Silva– ordenaba programar un partido de fútbol entre Flamengo y Fluminense, y se acababa el lío.

En Colombia pasa hoy algo parecido. Cuando peor es el desánimo nacional, llega la Copa América y tras tres triunfos en serie, todos entramos en éxtasis supremo, gracias a James y sus diez compañeros. El de Colombia era el mejor equipo del mundo y jurábamos que obtendríamos el campeonato.

Perdimos por un penal ante Chile y ahí vino la tragedia: que son un fracaso; que Queiroz es un entrenador sin experiencia; que Tesillo es un lerdo que botó el penal decisivo.

Entonces, el presidente Duque para salir del abismo profundo en el que ha caído, debe pedirle a la Fifa que organice un evento para que nuestra selección juegue todos los días, y que siempre gane. Así todos dejaríamos la polarización, y a mí el expresidente Uribe me parecería un tipo queridísimo, merecedor de respeto, como vicario de Cristo en la Tierra.

Viva la Selección Nacional, pero que viva todos los días, pues ella es lo único que nos une.

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