Con piedra blanca

Octubre 26, 2022 - 11:40 p. m. 2022-10-26 Por: Jorge Restrepo Potes

Hace una semana los colombianos recordamos aquel 21 de octubre de 1982, cuando la Academia Sueca entregó a Gabriel García Márquez el Premio Nobel de Literatura, un día para señalar con piedra blanca, como lo hacían los antiguos griegos para destacar un fausto acontecimiento.

En el listado de nuestros grandes literatos, nadie alcanza la cota que marcó el hijo de Aracataca, el hijo del telegrafista del pueblo, el bachiller del colegio de Zipaquirá, el frustrado abogado de la Nacional, que para fortuna patria abandonó la aridez de los códigos para sentarse ante la máquina de escribir que El Espectador puso a su disposición en 1955.

Por aquellas calendas, yo cursaba el primer año de Derecho en la Universidad Externado de Colombia, y como buen liberal, en plena dictadura de Rojas Pinilla, compraba todas las tardes el periódico de los Cano -vespertino entonces- y allí buscaba la crónica de un desconocido Gabriel García Márquez que publicaba todos los días, durante un mes, el relato del grumete que cayó al mar desde un barco de la Armada Nacional.

Fue tal la fuerza de esa crónica -convertida después en el libro ‘Relato de un náufrago’-, que el periódico duplicó el tiraje porque el país entero, como si fuera una novela de suspenso, estaba pendiente de si la ola embravecida echaba al marinero a las fauces del tiburón que rondaba el trozo de madera que le servía de salvavidas, o si la sangre de la gaviota que pudo cazar gracias a su astucia, le mitigaba la sed. Es increíble que de ese episodio, García Márquez hubiese redactado una pieza de antología periodística.

En una de esas actitudes terribles de la derecha criolla, El Espectador fue clausurado por la dictadura, y el cataqueño que estaba en París de corresponsal del diario, fue despedido y quedó sin blanca. Sobrevivió como pudo hasta regresar a Colombia.

Su primera novela, ‘La horajasca’, empezó a mostrar su excelso manejo del idioma y su calidad creativa de personajes singulares. Pero fue en 1967 cuando los astros se juntaron para que apareciera ‘Cien años de soledad’ -un ejemplar de aquella primera edición lo adquirí en una librería de Montevideo-, y cada cierto tiempo vuelvo a empezar, como si fuera la primera vez: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento”…

Hago una confesión: la novela cumbre que seguramente indujo a los académicos escandinavos a otorgar el Nobel a nuestro compatriota, no es mi preferida. No sé por cuál íntima razón me inclino por ‘El amor en los tiempos del cólera’, porque no he leído jamás una historia de amor tan perfecta como ese trasegar de Florentino Ariza tratando de alcanzar a la difícil Fermina Daza, que lo logra luego de más de 57 años, a bordo de un vapor que iba y venía de Barranquilla a Honda, “en un ir y venir del carajo”, como gritó el capitán a su patrón, Ariza, al final del libro.

Ni Romeo, ni Abelardo, ni Hamlet, ni Otelo, ni nuestro tímido Efraín, ni Dante, ni Armando, ni ninguno de los inmortales amantes de la literatura alcanzan la dimensión de Florentino Ariza en su tenaz empresa de conquistar a Fermina Daza, que ya ‘olía a vieja’ cuando se le entregó en el camarote del buque que surcaba las aguas del Magdalena.

Hace 40 años que Colombia obtuvo el Premio Nobel de Literatura, porque no fue solo el escritor el que lo recibió de manos del monarca sueco. Toda la Nación se sintió representada por este hombre que le dio el reconocimiento mundial, pues su nombre está inscrito en letras doradas en los registros de las letras universales.

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