Belisario

Belisario

Diciembre 26, 2018 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

A los mayores de 50 años sobran los apellidos Betancur y Cuartas pues todos al escuchar el nombre Belisario pensamos en el expresidente, que fue un conservador de centro –más tirado a la izquierda-, bien alejado de los extremos en los que a veces caen los políticos.

No voté a Belisario en la elección presidencial de 1982. Tampoco lo hice por el candidato oficial del liberalismo, Alfonso López Michesen, pues acaté la orden de Lleras Restrepo de sufragar por Luis Carlos Galán. Con el trascurso del tiempo entendí que cometí error mayúsculo al negarle mi voto al candidato rojo, que fue derrotado al faltarle los 600 mil que depositamos por Galán.

Pero el hecho de no haber votado a Belisario no me inhibe para reconocer que fue un hombre superior en el escenario de la política criolla. Jamás se movió al impulso del odio y nunca salió de sus labios un agravio para quienes no compartían sus pronunciamientos. Belisario fue, con Otto Morales Benítez –su íntimo amigo-, ejemplo de cómo ser buen colombiano sin abjurar de la ideología.

Belisario nunca contó con el favor de su Partido Conservador, cuyos dirigentes juzgaban que este antioqueño con ancestro de arrieros no se ajustaba a los cánones que el establecimiento dicta a quienes aspiran al poder. No lo quería Laureano, no lo quería Ospina, no lo quería doña Berta, pero la gente no contaminada de rencores veía en este hombre nacido en Amagá la representación perfecta del colombiano de a pie, del hombre que se ha hecho a sí mismo, del intelectual que desciende del Olimpo a igualarse con el pueblo.

Muy joven -22 años-, llegó a la política conservadora en su Antioquia natal y alcanzó curul en la Asamblea Departamental. Después su espíritu paisa lo llevó a Bogotá y resultó elegido a la Cámara de Representantes. Su mayor éxito lo tuvo en la Asamblea Constituyente convocada por el dictador Rojas Pinilla, en donde Belisario con seis compañeros –entre ellos nuestro coterráneo Álvaro H. Caicedo– enfrentaron la dictadura. A esos valientes se les conoció como ‘batallón suicida’, y Belisario fue a dar varias veces a la cárcel.

Ya en el Frente Nacional y luego de tres intentos alcanzó en 1982 la presidencia. Le tocó un cuatrienio tremendo pues tuvo que padecer el crimen de su ministro de Justicia Rodrigo Lara, que lo llevó a restablecer la extradición. Luego sufrió la tragedia de la toma violenta del Palacio de Justicia por el M-19, y la avalancha de Armero.

El holocausto del Palacio de Justicia fue para mí tristísimo pues entre los magistrados muertos estaba Alfonso Reyes, mi compañero durante los cinco años de la carrera de Derecho en el Externado, y aún resuenan en mis oídos los gritos desesperados de mi condiscípulo solicitándole a Belisario el cese del fuego.

Estoy seguro de que los militares dieron el 6 de noviembre de 1985 golpe de Estado al Gobierno, pues la retoma fue un acto salvaje en el que no se tuvo en consideración que en el interior se hallaban once magistrados de la Corte Suprema de Justicia que murieron sin que sepamos si fueron víctimas de las balas oficiales o de los proyectiles rebeldes.

Belisario al salir de la presidencia se retira de toda actividad política, y por eso creo que será recordado más como excelente expresidente que como buen gobernante. Se la jugó por la paz con las Farc y en él tuvo Juan Manuel Santos un aliado sin claudicaciones.

Ha muerto uno de los grandes colombianos de nuestra época.

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