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Irán o no

Atacar a Irán puede sonar contundente en redes sociales del trumpismo, pero en la realidad la guerra altera los mercados, incendia el Golfo y pone en riesgo a soldados estadounidenses desplegados en bases de la región.

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Muni Jensen
Muni Jensen | Foto: El País

13 de jun de 2026, 04:10 a. m.

Actualizado el 13 de jun de 2026, 04:10 a. m.

Esta semana, Washington volvió a llegar al borde de una guerra con Irán. Primero fue el derribo de un helicóptero Apache estadounidense cerca del estrecho de Ormuz, un episodio que Trump atribuyó directamente a Teherán y que el Pentágono respondió con ataques contra territorio iraní. Las represalias comenzaron después de que el presidente advirtiera que Estados Unidos debía responder. La prensa iraní reportó detonaciones y prometió que ningún ataque quedaría sin respuesta.

Hasta ahí, el libreto parecía escrito: ataque, retaliación, amenaza, más retaliación. Pero con Trump nunca hay anuncio que no cambie. Por la mañana, el presidente anunció que por la noche volvería a golpear a Irán. Habló como comandante en jefe, pero también como un presidente que empieza a debilitarse. Prometió dureza y castigo, dejó correr la expectativa. Pero hacia el mediodía se echó para atrás. Dijo que había avances en una negociación, que el acuerdo estaba cerca, que la diplomacia había llegado al más alto nivel iraní. Irán, como suele pasar en estas historias, no confirmó lo mismo.

La pregunta entonces no es solo si Estados Unidos va a atacar o no. La pregunta es para qué amenaza Trump con atacar. Las razones militares existen: Irán ha desafiado a Estados Unidos en una zona clave para el comercio energético mundial, ha golpeado intereses estadounidenses y mantiene un programa nuclear que Washington considera inaceptable. Es difícil para cualquier presidente norteamericano ignorar el derribo de un avión militar ni dejar sin respuesta una agresión. Además en una región donde cada amenaza se paga en el precio del petróleo.

Pero las razones políticas pesan. Trump llega a este episodio con números de popularidad bajos, en torno al 35 %, y con una base que lo eligió para no meterse en guerras, pero que también celebra su imagen de hombre fuerte. En la política estadounidense, un enemigo externo siempre ayuda a ordenar el caos interno. Hoy Irán cumple ese papel: es amenaza, símbolo, régimen hostil y excusa perfecta para hablar de seguridad nacional cuando la conversación doméstica se vuelve incómoda.

Atacar a Irán puede sonar contundente en redes sociales del trumpismo, pero en la realidad la guerra altera los mercados, incendia el Golfo y pone en riesgo a soldados estadounidenses desplegados en bases de la región. Y esto en pleno verano, cuando los americanos no piensan en geopolítica sino en llenar el tanque, viajar con su familia y llegar a fin de mes. Trump parece haber entendido, al menos por unas horas, que una cosa es prometer fuerza y otra muy distinta cargar con posibles muertos americanos.

Trump amenaza para negociar. Eleva el tono, mueve portaaviones, anuncia castigos, empuja al otro lado contra la pared y luego se presenta como el único capaz de cerrar un acuerdo. Es una táctica que le gusta porque mezcla espectáculo y presión. El problema es que con Irán esa táctica juega con un grande. El episodio de esta semana refleja el vaivén de la política exterior trumpista.

Irán tampoco es un actor inocente ni fácil. Su régimen sabe provocar, medir la reacción y usar cada ataque como propaganda interna. Pero precisamente por eso, Washington necesita más que instinto. Porque cuando una potencia como Estados Unidos amenaza con atacar y luego retrocede, puede evitar una guerra, pero también puede alimentar la percepción de improvisación o empezar un conflicto infinito.

La decisión de no atacar puede haber sido sensata. Tal vez evitó una escalada innecesaria. Tal vez abrió una puerta diplomática. Pero se sabe que habrá más amenazas riesgosas.

Irán o no, esa es hoy la pregunta para Teherán y para Washington. Mientras tanto en el resto del mundo, los americanos están de vacaciones y los mercados aguantan la respiración ante una política exterior que se mueve entre la negociación y la amenaza.

Caleña. Graduada del Colegio Bolívar. Politóloga de Trinity College con Maestría en Estudios Latinoamericanos de Georgetown. Analista política y asesora para América Latina de Albright Stonebridge Group. Trabajó en Proexport en Bogotá y en la Cámara de Comercio de Cali. Fue subdirectora de la Oficina Comercial de Washington y jefe de prensa de la Embajada de Colombia en Washington.

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