Columnista
Hasta que la vergüenza cambie de bando
En un mundo donde el silencio ha sido, para muchas, la única forma de seguir respirando, la voz de Gisèle Pelicot se alza como una luz serena.
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22 de feb de 2026, 12:13 a. m.
Actualizado el 22 de feb de 2026, 12:13 a. m.
La dignidad también puede nacer del dolor, sobre todo cuando la valentía se convierte en un mensaje poderoso que estremece a millones de personas en todo el planeta. Las más de 200 violaciones orquestadas por su esposo, de las que fue víctima, documentadas en cerca de dos mil videos y en las que participaron más de 80 hombres a lo largo de diez años, pudieron haber terminado con su vida.
Nunca supo lo que ocurría. Descubrirlo fue la verdad más dolorosa que tuvo que soportar. El hombre con quien llevaba 50 años de matrimonio, con quien tuvo tres hijos y quien le aseguraba que no le pasaba nada cuando su cuerpo daba señales de los daños causados por tantas sedaciones, era un desconocido, muy distinto al hombre “amable y cariñoso” que creía conocer.
Hoy, su historia, su himno a la vida, traducida a 22 idiomas, recorre las librerías del mundo, mientras sus entrevistas con la BBC y The New York Times resultan tan estremecedoras como impactantes por la fuerza con la que habla, luego de haber atravesado una década de tempestades sin saberlo. Una muñeca sin alma, tendida en una cama como un objeto, imagen que le resultó insoportable reconocer al enfrentarse a la evidencia recopilada por las autoridades.
Gisèle Pelicot, una francesa de clase social alta que pudo haber llevado su juicio en silencio, el juicio del monstruo de Mazan, decidió hacerlo público y convertirse durante meses en el foco de los medios de comunicación, convencida de que la vergüenza debía cambiar de bando. Un lema que se volvió su mantra y que hoy es una de las frases más poderosas que hizo suyas, al convertirse en la voz de tantas. Habló por todas esas mujeres que están drogadas y no lo saben; habló también por aquellas que quizá nunca lo sabrán, para que ninguna más tenga que soportar la sumisión química.
El recuerdo de aquel día en que descubrió la verdad, cuando la llamaron de la comisaría para hacerle preguntas sobre su relación con Dominique Pelicot, su esposo, aparece en sus relatos como un tsunami. Un momento en el que, según dice, “algo explotó dentro de mí”. Le resultaba imposible comprender la violencia sexual sistemática que había sufrido sin saberlo. De no haber sido porque el “señor Dominique” fue descubierto grabando bajo las faldas de mujeres en un supermercado, quién sabe si toda la verdad habría salido a la luz.
Pasó por múltiples diagnósticos médicos que intentaban explicar sus olvidos y sus infecciones, mientras su esposo le pedía que no preocupara a sus hijos. Temió estar desarrollando alzhéimer, pensó que iba a morir y se lo advirtió a los suyos, pero la verdad, más temprano que tarde, terminaría por revelarse.
Hoy, su sonrisa en portadas de revistas, enamorada de quien la acompaña a sus 73 años y sanando poco a poco las heridas de su familia, aparece junto a una frase inspiradora: “Hoy estoy en pie, fuerte, no porque no haya caído, sino porque he decidido volver a levantarme”.
En un mundo donde el silencio ha sido, para muchas, la única forma de seguir respirando, la voz de Gisèle Pelicot se alza como una luz serena. No porque eclipse a otras, sino porque al nombrar su verdad abrió un espacio posible: “Hay demasiadas mujeres que callan porque creen que nadie les va a creer. Si yo hablé, tal vez otra mujer se atreva”. Gracias, Gisèle, porque tu historia nos recuerda que incluso después de la noche más larga, la vida todavía sabe florecer.
@pagope

Comunicadora Social - Periodista y Docente de la Universidad Autónoma de Occidente. Caleñísima. Con 26 años de experiencia en una sala de redacción. Entiende el periodismo como una pasión, pero sobre todo, como una manera de transformar y servir a la sociedad. Ciudad, paz, género y niñez, los temas que le apasionan.
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