Si yo
fuera rico

Julio 11, 2021 - 11:55 p. m. 2021-07-11 Por: Guillermo Puyana Ramos

“Por su puesto que ser pobre no es una vergüenza, pero tampoco es un honor” dice la famosísima canción del lechero Tevye en El Violinista en el Tejado. Frase sabia, como muchas creadas por los pobres en relación con la pobreza.

Luego que Alberto Carrasquilla arrojara la desgracia sobre la puerta de los colombianos con una reforma tributaria dizque para que no perdiéramos el grado de inversión, ahora resulta que la cosa no era tan importante, ni tan grave, porque no era grave ya que no era importante.
Empezamos el mes con la noticia que Fitch Ratings se sumaba a S&P en la calificación de la deuda Colombia como “basura”, un término poco comedido para un país que ha sido tan querido con el sistema financiero internacional.

Gracias a Dios la noticia vino en las vísperas de un fin de semana de puente y el martes los expertos locales ya tenían conjurada la crisis, inundando los correos electrónicos de inversionistas colombianos, con análisis de por qué no era tan grave, pues era una señal “del mercado” tan vieja que ya se había asimilado.

¿En qué quedaron los vaticinios horribles con los que se buscó apuntalar la ley tributaria de Carrasquilla? Algo no están contando los adláteres del mercado. ¿Era o no era grave? Porque si era tanto, no entiendo cómo es que la ‘señal’ se absorbe en semanas y ya no hay que asustarse, sino tener paciencia. De hecho hay que ser optimista porque, dice Fitch, esa es la conclusión corta que sale de los tecnicismos de los analistas del mercado de valores. Y hay que tener optimismo hasta para lo que se suponía que empeoraba las cosas, como los dos millones de venezolanos que están compitiendo por el poco empleo formal y las múltiples manifestaciones de la informalidad.

Ni siquiera hay que preocuparse del mayor costo de la deuda externa, porque según uno de estos analistas “Los términos de intercambio favorables en la actualidad también deberían proporcionar un viento de cola para las perspectivas de crecimiento”. Mejor dicho, vamos a tener qué agradecerle a Carrasquilla el caos y el “déficit de gobernabilidad” como lo llama otro analista de mercado.

Como no entiendo qué es lo que dicen ni lo que está pasando, yo estoy del lado de los que creen que hay algo endeble y falso en esto de las calificaciones de riesgo. No dudo de su efecto, pues para eso se inventaron, para que a los países se les haga la vida difícil a partir de una mezcla de letras y símbolos que lanzan señales al mercado sin importar lo que los econometristas llamaban “los fundamentales” de la economía, probando que la sintaxis y la gramática los abandonaron hace tiempo.

Entonces según los sabios del mercado ahora hay que tener calma, no hay que apresurarse. Aunque también puede ser verdad lo que dijo Rudolf Hommes a Forbes: las calificaciones están abusando y mejor tenerlas lejos, si en vez de ayudar a los países con buen comportamiento en su crédito, los perjudican. Sobre todo en la pandemia, porque el grado de inversión se vuelve en otro privilegio de ricos, justo los que prestan plata cara si el grado de inversión cae.

Otro analista le dijo a Forbes que no era una tragedia perder el grado de inversión, que los países podían vivir sin él y que tenemos “buena reputación” ante los inversionistas extranjeros, es decir los que nos prestarán más cara la plata. Habrá que responderle: ser pobre no es una vergüenza, pero tampoco es un honor, ni que lo llamen a uno “basura”

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