Templar la rienda

Octubre 01, 2022 - 11:50 p. m. 2022-10-01 Por: Francisco José Lloreda Mera

El odio ha sido un instrumento político a través de la historia. Parte de la intolerancia a la diferencia, sea religiosa, étnica, racial, sexual o política, entre otras. Son múltiples las explicaciones que los estudiosos del tema le dan, desde el temor a la imposición de la identidad del otro, la convicción íntima de que la otra identidad no tiene sentido, o por falta de conocimiento y de ahí la dificultad de reconocer y aceptar a quien es diferente.

El odio juega en especial una función política dado que ésta es profundamente emotiva. Siendo una emoción aprendida -nadie nace odiando- una vez se interioriza y hace parte de la identidad de una persona es más difícil de erradicar. Más cuando ese sentimiento encuentra respaldo y legitimación en grupos políticos y en redes sociales, potenciando la intolerancia y, por consiguiente, el sentido de pertenencia y fidelización a una causa.

Estas primeras reflexiones con un fin: examinar dos recientes manifestaciones de odio, que, por coincidir en el tiempo, en lugar de sosegar los ánimos ya caldeados, los avivan: los insultos racistas a la Vicepresidenta y el intento de quema de la Catedral Primada. La primera por cuenta de una manifestante en contra del Gobierno; la segunda, de parte de mujeres que están a favor del aborto y en contra de la posición de la Iglesia Católica.

El insulto contra Francia Márquez y los afrodescendientes es inaceptable y amerita el más firme rechazo. Más allá de la ofensa, impresiona la repulsión detrás de las palabras, evidente en la expresión de quien lo hizo. Lo realmente infortunado y preocupante es que no es un sentimiento aislado; por doloroso que resulte aceptarlo, la discriminación racial está más arraigada en el país de lo que se reconoce, y opera en todos los sentidos.

Similar con el intento de incendio del templo más importante de la Iglesia Católica en el país y los grafitis alusivos a la despenalización del aborto, pese a estar ya despenalizado. Una demostración de intolerancia hacia las ideas, creencias y opiniones contrarias que, al exteriorizarse por medio de un acto violento claramente premeditado, evidencian un sentimiento de animadversión profundo que va más allá de una simple desaprobación.

A lo anterior se suma el oportunismo político. Mientras unos trataron de convertir el insulto en la imagen de las protestas contra el Gobierno, otros procuraron estigmatizar al movimiento feminista y generalizar el vandalismo en quienes son afines al Gobierno. Se equivocan. Ni la primera señora representa las marchas ni quienes prendieron fuego a la Catedral son reflejo de la causa feminista ni es justo estigmatizar según la ideología.

Pero más allá de los hechos, censurables, es pertinente poner las cartas sobre la mesa. La intolerancia y el odio derivado de la misma ha estado presente en el discurso político de la izquierda y la derecha, y fue determinante en el resultado de la última elección. Luego el país se sorprende de los insultos y actos incendiarios: es lo que ha visto, es el ejemplo recibido y que lejos de atenuarse cobra fuerza en distintos escenarios de poder.

Es en momentos como este en los que se debe actuar con prudencia y responsabilidad. La reacción desigual de las autoridades frente a hechos comparables es equivocada. Igual o peor que la intolerancia puede ser el sesgo de quienes imparten orden y justicia. El odio no necesita mucho para transformarse violento, nuestra historia está plagada de dolorosas evidencias. Es deber de todos, empezando por los políticos y gobernantes, propender por la tolerancia, en la palabra y en la acción. Y templar las riendas del odio.

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