¿Por qué no se va?

Septiembre 24, 2022 - 11:50 p. m. 2022-09-24 Por: Francisco José Lloreda Mera

Jorge Iván Ospina no merece ser el alcalde de Cali. No de ahora, desde hace varios años. El último escándalo de corrupción en Emcali es simplemente la gota que rebosa la copa, pero su administración ha sido un desastre en los distintos frentes, en contubernio con la mayoría de los concejales de la ciudad y con el beneplácito de las entidades de control, conocedores de tiempo atrás de las irregularidades que se cometen en la municipalidad.

No hay explicación que valga para comprar un televisor mediano por $42 millones, aunque venga acompañado de la más sofisticada tecnología de la Nasa. Igual con otros ítems, como las sillas por $17 millones; ni que fueran eyectables de aviones de combate. Qué otras sorpresas habrá si se escudriña a fondo ese contrato por $215 mil millones y los casi 50 contratos suscritos con la misma unión temporal, que denuncian los medios.

Lo increíble de este hecho de corrupción es que está llamado a ser la punta del iceberg de una práctica que hizo escuela en el gobierno de Ospina, de burlar las licitaciones. Ya la organización Mi Cali Contrata Bien había denunciado que en el 2021 se otorgaron a dedo 28.000 contratos por valor de $11 mil millones, para no recabar en los famosos convenios interadministrativos que sirven de fachada para esquilmar el erario caleño.

Y ocurrió lo previsible, que por más denuncias reiteradas de medios locales y valerosos columnistas de opinión, solo ante uno hecho tan protuberante y aberrante, reaccionan las entidades de control, que no controlan nada. Ahora sí la Fiscalía, la Contraloría y la Procuraduría anuncian indagaciones cuando saben de tiempo atrás lo que ocurre en Cali. Se montan en la ola de indignación cuando se han cruzado de brazos durante años.

Igual ocurre con quienes desde la izquierda piden en tono airado la renuncia del alcalde siendo conocedores de antaño del saqueo sistemático que opera en Cali; saqueo con el que se congraciaron en la época de campaña como lo atestiguan sendas fotografías. En aquel entonces, callados; ahora, para evitar que el escándalo salpique a su colectividad y pese a ser el alcalde uno de sus fieles lacayos, lo fustigan en nombre de la moralidad.

Similar con el Concejo. Con excepción de unos pocos que no han sido ni son parte de la coalición - bien por principios o porque lo ofrecido no los satisfizo- todos son cómplices, por acción u omisión, del desfalco. Antepusieron, como ya es costumbre, sus intereses clientelistas a los de la ciudad, conscientes o partícipes del desgobierno y la corrupción que en buena hora fuerzas cívicas, sociales y gremiales intentan contener y remediar.

Porque no es solo la corrupción descarada lo que aqueja a la capital del Valle por cuenta de la administración de Ospina. Cali no olvida ni debe olvidar jamás los días aciagos del paro nacional, cuando el vandalismo -alentado por el alcalde y los patrocinadores de la primera línea que hoy paradójicamente lo crucifican- destruyó la ciudad; cuando estuvo sitiada, bloqueada y secuestrada, con un saldo trágico en vidas y pérdidas millonarias.

Ospina debe irse: es indigno de ser el alcalde de Cali. Pero no lo hará o se resistirá porque con él caerían varios en los distintos niveles de gobierno, porque es una sanguijuela más de la cloaca que se tomó por asalto la política y desangra las arcas. No lo hará porque no tiene ni la entereza ni el más mínimo recodo de decencia y de vergüenza. No lo hará, salvo que las entidades de control motivadas por el fragor lo conminen. No se irá, salvo que los caleños hagan respetar la ciudad y exijan su renuncia. En la calle, como a él tanto le gusta.

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