¿El Informe a las aulas?

Julio 30, 2022 - 11:50 p. m. 2022-07-30 Por: Francisco José Lloreda Mera

El ministro de Educación designado, Alejandro Gaviria, ha sido estudioso de los temas educativos, en especial de su incidencia en la movilidad social. Como académico ha sido crítico del dogmatismo y de las verdades absolutas, y como político, un defensor de las ideas liberales, entre ellas, “la coexistencia de distintas visiones y narrativas del mundo” como lo reafirmó en el portal digital de la Comisión de la Verdad en agosto 15 de 2020.

Es más, en dicha entrevista, indicó que “siempre hay narrativas que compiten y donde, en el poder, y sobre todo en los gobiernos autoritarios de extrema derecha y extrema izquierda, siempre hay intenciones de reescribir esas narrativas. Lo hizo Chávez en Venezuela con la historia de Bolívar y lo han hecho muchos gobiernos de derecha. Narrativas que sobre simplifican nuestra realidad, con un gran contenido ideológico”.

En esa misma línea, David Rieff recuerda que la memoria colectiva busca “legitimar una visión particular del mundo, de políticas y agendas sociales, y deslegitimar la ideología de los opositores”. Gonzalo Sánchez exdirector del Centro de Memoria Histórica señaló que “así como no hay una sola verdad, no puede haber una sola memoria histórica; aspirar a que haya una memoria única, sería lo peor que puede pasarle a la sociedad”.

Por eso sorprende la convocatoria a los rectores de colegios del país a difundir entre los estudiantes los resultados del Informe de la Comisión de la Verdad, en el marco de una iniciativa llamada La Escuela Abraza La Verdad. Dice Gaviria que es necesario “conocer nuestro pasado, hurgar en nuestras historias, enfrentar verdades incómodas”. Y tiene razón. Pero no a partir de La Verdad, una única narrativa convertida en verdad oficial.

Independiente de si el informe de la Comisión es o no sesgado, convertirlo en columna vertebral de la enseñanza de historia, en cátedra que se propone revivir, sería un error. Lo sería porque hay verdades factuales (ejemplo: el asesinato de Gaitán el 9 de abril del 48) y hay verdades testimoniales (que pueden incluso no coincidir). Y hay análisis e interpretaciones de los hechos, subjetivos, que no pueden confundirse con ser verdad.

Sin desconocer el objetivo loable de la Comisión de darle voz a las víctimas del conflicto -lo más valioso del Informe- éste peca al mezclar verdades factuales y testimoniales con interpretaciones controvertibles y recomendaciones que rebasan el fin del estudio. Es ahí donde pisa un terreno movedizo. Más cuando, como lo indica el historiador inglés Malcolm Deas: “Los historiadores hallan a menudo sólo aquello que están buscando”.

El Ministerio de Educación no puede obligar a las instituciones educativas a incluir el Informe en el pénsum; es una decisión autónoma de los colegios en el marco de sus Planes Educativos Institucionales, PEI. Algunos lo harán y sin duda le darán un uso responsable al mismo. Pero otros apelarán a aquel de manera maniquea para confirmar sus sesgos (y qué mejor que un ‘texto oficial’ de una comisión de ‘la verdad’ para hacerlo).

Alejandro Gaviria es sin duda uno de los ministros entrantes más y mejor preparados, sin perjuicio de que se coincida o no con él en opiniones y en actuaciones políticas. Y es respetable la importancia que atribuye al trabajo de la Comisión. Pero de ahí a convertir el informe en faro de la enseñanza de nuestra historia contemporánea, hay un trecho. Más cuando él como académico sabe que hay distintas visiones y narrativas del conflicto y como Ministro debe ser consciente del enorme riesgo de una verdad histórica oficial.

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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