Columnistas
El oído que aprende: la lección de los compositores
Cómo los grandes compositores nos enseñaron a escuchar.
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias


30 de jun de 2026, 01:45 a. m.
Actualizado el 30 de jun de 2026, 01:45 a. m.
A veces nos preparamos para escuchar sin saberlo. Sin decidirlo, entramos en la música como en una conversación ya empezada.
En una sala de conciertos en Viena, a finales del Siglo XVIII, la orquesta parece haber llegado al final. El público lo percibe: algunos se inclinan hacia delante, otros ya anticipan el momento del aplauso. Todo indica que la música ha terminado.
Pero entonces ocurre algo inesperado. La obra continúa.
Se produce un breve desconcierto, seguido de una sonrisa generalizada. No hay explicación posible, y sin embargo todos comprenden lo sucedido: el compositor ha jugado con su atención. Sin decir una sola palabra, ha dejado una lección silenciosa: escuchar exige permanecer despierto hasta el último instante.
Ese gesto resume una historia poco contada de la música clásica: durante siglos, los grandes compositores no solo escribieron obras, también educaron el oído del público.
Mozart: el humor como forma de escucha
Entre todos ellos, Wolfgang Amadeus Mozart ocupa un lugar especial. Su percepción auditiva era extraordinaria: distinguía con precisión no solo las notas, sino también las relaciones armónicas y los colores tímbricos, lo que le permitía comprender y reproducir la música con una rapidez asombrosa. Esa sensibilidad extrema explica su capacidad casi inmediata de convertir el sonido en pensamiento musical.
Pero Mozart no era solo precisión: era juego.
Sus cartas revelan a un hombre lleno de humor, juegos de palabras y bromas irreverentes que desafían la imagen solemne del genio. Esa ligereza no es un detalle biográfico: forma parte de su música.
En la Sonata K. 545, enseña al oyente a reconocer ideas, seguir su transformación y experimentar el regreso como equilibrio. No explica la forma sonata: la vuelve comprensible.
En Una broma musical, introduce errores deliberados, entradas equivocadas y finales absurdos que provocan risa en el público. Esa risa, sin embargo, tiene un efecto formativo: permite reconocer, incluso sin teoría, lo que funciona musicalmente y lo que no.
Ese mismo espíritu aparece en su relación con el trompista Joseph Leutgeb, virtuoso del corno natural, un instrumento difícil de afinar en su época, amigo cercano al que Mozart dedicó varias obras. En sus manuscritos deja comentarios irónicos como si “corrigiera” al intérprete en pleno concierto. En ese intercambio, llega a llamarle de forma juguetona “burro” o “asno”, no como ofensa, sino como parte de un juego privado entre amigos. Leutgeb debía enfrentarse a las enormes dificultades técnicas del instrumento, lo que daba a esas bromas un sentido compartido.
En ese contexto, la enseñanza no es teórica: es práctica, compartida y viva. La música se convierte en conversación.
Haydn: la sorpresa como método
Si Mozart enseña claridad, Joseph Haydn enseña sorpresa. En sinfonías como la n.º 60 “Il distratto”, los falsos finales y giros inesperados obligan al oyente a no dar nada por concluido. Escuchar deja de ser automático: se vuelve activo.
Haydn no engaña al público; lo mantiene en estado de atención constante.
Beethoven: el pensamiento en el tiempo
Con Ludwig van Beethoven, la música cambia de escala. En la Quinta Sinfonía, una idea mínima se transforma en una construcción monumental. El oyente aprende a seguir procesos largos, no solo melodías.
En la Octava Sinfonía, el ritmo adquiere protagonismo: antes de la melodía está el pulso, antes de la emoción está el tiempo. La música empieza a pensarse a sí misma.
Schubert y Mahler: el tiempo habitado
Con Franz Schubert, la música deja de buscar urgencia. En la Gran Sinfonía en do mayor, las ideas parecen permanecer y respirar dentro de sí mismas. El oyente descubre que la belleza también puede estar en lo continuo, en lo que no se interrumpe.
Gustav Mahler, en sinfonías como la Primera y la Quinta, amplía esa experiencia. Dentro de la orquesta aparecen gestos concretos: un oboe que emerge, una línea de violines que atraviesa la textura, una melodía breve que aparece y desaparece. El oyente aprende a distinguir lo pequeño dentro de lo grande.
Vivaldi, Rossini y la memoria
Con Antonio Vivaldi, la música se vuelve imagen. En Las cuatro estaciones, la naturaleza se convierte en sonido: tormentas, pájaros, ríos y silencios.
Con Gioachino Rossini, la música se convierte en memoria. La obertura de Guillermo Tell ha acompañado dibujos animados, persecuciones y escenas infantiles antes de que muchos conocieran su nombre. Primero la escuchamos; después la identificamos. El oído aprende antes que la conciencia.
Satie: la repetición y la atención
Con Erik Satie, la música cambia de lógica. En las Gymnopédies para piano, el tiempo se vuelve más lento, casi suspendido. La repetición de los motivos, apenas alterados, hace que el oyente deje de buscar acontecimientos y empiece a percibir el paso del tiempo de otra manera. En esa aparente inmovilidad, el oído aprende a escuchar lo mínimo, a reconocer matices donde antes solo había continuidad.
El oído interno
Vivimos rodeados de sonidos, pero no todos se escuchan. Algunos pasan. Otros permanecen sin que sepamos por qué.
Por eso la música clásica sigue siendo actual: no porque pertenezca al pasado, sino porque recuerda algo esencial. Escuchar no es automático; es una forma de atención.
Mozart lo sabía bien. Incluso en su humor, en sus cartas y en sus juegos con Leutgeb, la música era siempre una forma de relación viva con el sonido. Rossini lo confirma desde la memoria colectiva: muchas veces aprendemos a escuchar antes de saber qué estamos escuchando.
El oído externo fue solo el punto de entrada. El vehículo. Lo decisivo ocurre después: cuando la música deja de sonar fuera y empieza a resonar dentro. Cuando ya no necesitamos la orquesta ni la partitura, porque hemos aprendido a reconocerla en la memoria, en la atención, en el silencio.
Escuchar no es solo un acto presente. Es una forma de permanencia. Y quizá ahí empieza lo más importante: cuando cada uno, en su propio silencio, vuelve a oír con su oído interno lo que un día entró desde el mundo.

Docente pedagogo y especialista en Filosofía y Letras, con experiencia en relaciones humanas, ética empresarial y gestión cultural. Divulgador de la música culta, integra rigor académico y sensibilidad artística. Su labor impulsa la formación cultural del país.
6024455000




