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El Niño y el agua

El Niño va a seguir viniendo. Es hora de que también hagamos venir el agua.

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Emilio Sardi

26 de jul de 2023, 01:49 a. m.

Actualizado el 26 de jul de 2023, 01:49 a. m.

El Niño, tan mentado por estos días, es un fenómeno climatológico conocido por los entendidos como Enso, acrónimo para El Niño Southern Oscilation, y es mucho más que el fenómeno local que aquí conocemos. Enso es el mayor evento climático interanual en el trópico y afecta aún el clima en el Océano Índico y los monzones asiáticos, llegando en oportunidades, como en1998, a influir sobre el clima global.

La primera parte del acrónimo, El Niño, corresponde a un calentamiento de las aguas del Océano Pacífico vecinas al continente americano, que se presenta con una periodicidad de 3 a 8 años y que se manifiesta con grandes lluvias o intensas sequías en distintos sitios, tanto en Suramérica como en Australia. La segunda parte, Southern Oscilation, es el nombre en inglés de una oscilación Norte-Sur de las presiones atmosféricas de Tahití y de Darwin, Australia, descrita hace un siglo por Sir Gilbert Walker, en la que con regularidad similar a la de El Niño y en coincidencia con éste, se pasa de un estado de presión atmosférica extraordinariamente alta en Tahití y extraordinariamente baja en Darwin al estado totalmente opuesto.

Al analizar los últimos 20.000 años de El Niño, se encuentra que su rasgo más prominente es una dramática reducción en su actividad hace entre 5.600 y 6.000 años, coincidente con el Óptimo Climático del Holoceno, cuando la temperatura era muy superior a la actual. Su actividad también se redujo entre los años 800 y 1250 de nuestra era, durante el calentamiento medioeval, cuando la temperatura era unos dos o tres grados mayor que la de hoy. En cambio, cuando el planeta se enfrió en la pequeña edad de hielo, desde fines del Siglo XIII hasta el XIX, la actividad de El Niño aumentó. Hoy estamos en lo que puede considerarse como normalidad.

Aunque El Niño fue reconocido desde hace siglos por los conquistadores españoles, quienes lo bautizaron así por llegar generalmente en los diciembres, con el Niño Dios, la ciencia aún no ha podido establecer sus causas. Como en la inmensa mayoría de los fenómenos climáticos, se conoce pero no se sabe por qué sucede. Entre las muchas teorías que buscan explicarlo, me inclino por las que le asignan un origen geológico. Ambos extremos del Pacífico, oriental y occidental, presentan una fuerte actividad volcánica submarina y en ambos se da la confluencia de placas tectónicas. En el occidental las de Eurasia, del Pacífico y de Australia, y acá las de Nazca y de Suramérica. Para lo que no encuentro teoría es para la ciclicidad del evento.

Sea como fuere, el hecho es que este es un fenómeno muy poderoso, de causas desconocidas, pero con resultados bastante predecibles. Que el órgano político que la ONU dedica al alarmismo climático, el Ipcc, no lo incluya en sus modelos, como no incluye la variabilidad de la actividad solar o la acción de las nubes, ratifica la precariedad de esos modelos y explica por qué ninguno de ellos ha podido ser validado.

Pero que la ONU ignore la realidad no justifica que nosotros lo hagamos. Recurrentemente, cada vez que vuelve El Niño, Cali se ve amenazada con el espectro del racionamiento del agua. Desde hace más de treinta años, la ciudad tiene opciones de abastecimiento como el trasvase de las aguas del Pacífico y el uso de las del río Timba, que son ignoradas por sus gobernantes. El Niño va a seguir viniendo. Es hora de que también hagamos venir el agua.

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