Columnista
Con el cuerpo no se metan, métanse con las ideas
La dignidad no depende del género y el respeto no puede ser selectivo.
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18 de ene de 2026, 12:22 a. m.
Actualizado el 18 de ene de 2026, 12:22 a. m.
Esto no es un asunto de derechas ni de izquierdas. Es una cuestión de respeto y coherencia; de discursos libres de violencia y de la obligación ética de dar ejemplo. Porque no todo vale en política; hay límites; hay una frontera que una democracia sana no debería cruzar: la de la dignidad. Sin embargo, en la política colombiana esa línea se cruza con tanta facilidad: el cuerpo convertido en campo de ataque y la estigmatización, a la orden del día.
Eso es lo que hemos visto en días recientes, desde las dos orillas. El caricaturista y candidato al Senado Julio César González, conocido como Matador, publicó en X un mensaje burlándose del cuerpo de la precandidata presidencial Paloma Valencia, comparándola con una escultura de Botero y adaptando para ella una frase de Jaime Garzón: “Los políticos no se dirigen al país, se digieren al país”.
No es su primer desatino. En octubre de 2019, cuando el mundo celebraba la misión espacial de las astronautas Christina Koch y Jessica Meir, Matador publicó una caricatura en la que ambas corrían tras un aviso de “50 % de descuento en ropa y accesorios”. A las críticas, él respondió con dos caricaturas: en una se victimizaba por el rechazo de las mujeres y en la otra reprochaba que se cuestionara su ‘humor’, pero no las cifras de mujeres asesinadas. Todo mal. La violencia simbólica también existe y no es un asunto menor.
En la otra orilla, la senadora María Fernanda Cabal, quien rechazó el ataque contra Paloma, terminó protagonizando su propio insuceso. Luego de que la senadora María José Pizarro compartiera una publicación sobre su tatuaje de jaguar, asociado al cuidado de la especie y del país, Cabal escribió: “Ya no puede ir a El Salvador. Parece una representante de las Maras Salvatruchas”. ¿Exigimos respeto para las nuestras, pero estigmatizamos el cuerpo de las otras? De nuevo, todo mal.
En su libro Cuerpos que importan, la filósofa Judith Butler sostiene que los cuerpos no son neutros en el espacio social: son leídos, juzgados, legitimados o excluidos según relaciones de poder. Algunos cuerpos son aceptados; otros, ridiculizados o desautorizados. Eso es exactamente lo que está ocurriendo en la conversación política actual. Y lo más preocupante es que no hay asomo de autocrítica en ninguno de los bandos. Es más cómodo polarizar que reconocer el error.
No está bien cuando se ataca a una mujer por su cuerpo. No está bien cuando se ataca a un hombre por su apariencia. No está bien nunca. La dignidad no depende del género y el respeto no puede ser selectivo.
Pero también es cierto que, cuando estos ataques recaen sobre mujeres, hacen parte de una historia más amplia donde a ellas se les examina con lupa el cuerpo, la edad, la ropa, el tono, la estética. Se les exige más. Se les reduce con mayor facilidad a su apariencia. Por eso estas agresiones no solo ofenden: expulsan y silencian.
El problema, en todo caso, va más allá del género. Una política que necesita recurrir al cuerpo es una política ausente de contenido. Mientras ofendemos por los tatuajes o el peso, dejamos de hablar de salud, educación, empleo, desigualdad, seguridad... El escándalo reemplaza las propuestas serias.
Por eso la consigna importa y no es retórica: la política puede ser firme y vehemente, pero no irrespetuosa ni degradante. Que nadie, ni mujer ni hombre, sea reducido a su cuerpo para ser atacado. Que el debate vuelva adonde siempre debió estar: en las ideas.
@pagope

Comunicadora Social - Periodista y Docente de la Universidad Autónoma de Occidente. Caleñísima. Con 26 años de experiencia en una sala de redacción. Entiende el periodismo como una pasión, pero sobre todo, como una manera de transformar y servir a la sociedad. Ciudad, paz, género y niñez, los temas que le apasionan.
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