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Bryce Echenique

Bryce fue uno de los pocos escritores latinoamericanos que llegó a París con buenos chavos en la faltriquera, a diferencia de Gabo, que alguna vez debió escarbar en la basura para poder comer.

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Medardo Arias Satizábal
Medardo Arias Satizábal. | Foto: Medardo Arias Satizábal / Ser Zanja

12 de mar de 2026, 02:24 a. m.

Actualizado el 12 de mar de 2026, 02:24 a. m.

Cómodamente, aunque no le importaba, era el otro escritor peruano que tranquilamente podía elegir la Academia Sueca para el Nobel de Literatura. Un mundo para Julius, La vida exagerada de Martín Romaña, El Hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, La agmidalitis de Tarzán y Evitar París son algunos de sus títulos, con Reo de Nocturnidad, una de sus más recientes novelas. Su recurso mayor era el humor, y es lástima verdadera que no exista grabación de la conferencia, o mejor, estándar comedy, que brindó en la Cámara de Comercio de Cali, donde el público no paró de reír en dos horas.

Bryce llegó “aliñado” como le gustaba decir cuando tenía unas copas previas. Vino invitado por Proartes al Festival Internacional que se realizaba cada año con la dirección de Amparo Sinisterra de Carvajal. Entonces, me desempeñaba como coordinador de Prensa y Literatura de la institución y debía invitar a los escritores locales e internacionales. Tarea nada fácil, pues entonces no existía el Internet y todo debía hacerlo con fax y llamadas ‘de larga distancia’. Bryce Echenique se desempeñaba entonces como profesor en Montpellier, experiencia de la que seguramente tomó el tema de ‘Reo de Nocturnidad’, según leo en las impresiones de Marco Tulio Aguilera Garramuño, quien avanza en su lectura.

De aquella invitación a Cali surgió una amistad que se prolongó hasta Estados Unidos. En la Cámara de Comercio de Cali confesó que si no hubiera sido por mis llamadas a cualquier hora del día o de la noche, nunca hubiera venido. En aquel tiempo las damas de Cali homenajeaban a los autores en sus casas, y María Cecilia Castro invitó a una tenida inolvidable en la suya, con una entrada de chontaduro con caviar que encantó al escritor peruano.

Bryce fue uno de los pocos escritores latinoamericanos que llegó a París con buenos chavos en la faltriquera, a diferencia de Gabo, que alguna vez debió escarbar en la basura para poder comer. La escritora caleña Nelly Domínguez Vásquez, autora de ‘Manatí’, vivía entonces en París y, conocedora de las afugias de los escritores colombianos en esa ciudad, los invitaba a mantel largo, con las recetas de Brillat Savarin y buenos vinos. Pero los tormentos del Nobel colombiano fueron el combustible para escribir un libro tan bello como ‘El coronel no tiene quien le escriba’.

El tatarabuelo de Bryce, José Rufino Echenique, fue presidente del Perú, y su abuelo materno, Francisco Echenique Bryce, era el que firmaba los billetes; fue director del Banco Central del Perú. En la novela ‘No me esperen en abril’, autobiográfica, aparecen referencias al colegio inglés donde estudió, fundado por un piurano rico que hizo sumas y restas y, entre enviar a sus hijos a estudiar en Londres, como entonces se acostumbraba en las élites, decidió construir su propio colegio y trajo al Perú profesores británicos para que los educaran. Cuando culminó la secundaria, cerró el colegio. Bryce hizo parte de esa pléyade de chicos limeños que estudiaron en el Perú como si estuvieran en Inglaterra. Su compañero de estudios, hijo del propietario del ‘colegio inglés’, fue senador por el fujimorismo, estuvo en el partidor a la candidatura presidencial y falleció hace unos diez años.

En un momento de la historia, el padre de Bryce compró un barco y zarpó de El Callao con sus pequeños hijos rumbo a Buenaventura. Esto me lo contó cuando supo que yo era porteño. Antes del atraque del barco, todos los Bryce empezaron a llorar: “Era un lugar terrible; no sabíamos por qué mi papá había puesto rumbo a este puerto de Colombia. En adelante, cada vez que nos portábamos mal, nos decía: “Los voy a llevar a Buenaventura…”

La última vez que hablé con él, me llamó a Connecticut para recomendarme la amistad de Luis Eizaguirre, un profesor chileno que entonces vivía ahí y era el académico que mejor conocía su obra. Luis vino a recogerme en un Mercedes azul y nos fuimos por los pueblos costeros en pleno invierno. En la noche del 31 de diciembre de 1999 recibimos el nuevo siglo dando vueltas en los caballitos del carrusel de Bushnell Park. A poco andar del siglo XXI, Eizaguirre falleció. Perdí un gran interlocutor y también, para siempre, la voz de Bryce al otro lado del teléfono.

Medardo Arias Satizábal, periodista, novelista, poeta. En 1982 recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la categoría Mejor Investigación. En tres ocasiones fue honrado con el Premio Alfonso Bonilla Aragón de la Alcaldía de Cali. Es Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, 1987, y en 2017 recibió el Premio Internacional de Literaturas Africanas en Madrid, España.

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