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La crisis
de los monumentos

Julio 22, 2021 - 11:45 p. m. 2021-07-22 Por: Carlos Jiménez

En un artículo que publique hace un par de meses en la revista de la Universidad Distrital de Bogotá sostuve una tesis que ahora reitero: la crisis del monumento es una crisis de Estado. La destrucción, los ataques o los daños que han venido sufriendo en el país los monumentos representan algo más profundo que la furia de multitudes indignadas con un gobierno que no es capaz siquiera de garantizarles la vida, el más elemental de los derechos. No. Esta iconoclastia desencadenada va más allá y revela una gravísima fractura del consenso social que legitima al Estado y permite en últimas su funcionamiento normal. Consenso expresado cotidianamente por la opinión pública dominante, la actividad normal de la sociedad civil y de la vida política parlamentaria y por el silencio así mismo cotidiano de las mayorías populares. Esas que han roto ahora su silencio de una manera ruidosa, agresiva e inclusive violenta, convencidos de que nadie les escucha a menos que griten a voz en cuello. Y que tampoco nadie aún satisfecho con el Estado está dispuesto a escuchar los motivos de su profundo descontento con el mismo, sino es rompiendo los monumentos erigidos para perpetuar la memoria de sus héroes y la coherencia incontrovertible de sus relatos fundacionales.

Esta iconoclastia tiene sin embargo antecedentes en el campo del arte contemporáneo. Porque ya hace años que Doris Salcedo emprendió una campaña contra el monumento y una defensa de lo que ella llama “el anti monumento”, que culminó en “Fragmentos”, espacio expositivo abierto en Bogotá tapizado con las láminas de metal resultado de la fusión de las armas entregadas por las Farc. Su crítica al monumento puede interpretarse ahora como una manifestación anticipada de la inconformidad y el desafecto que ya iba creciendo sordamente en las entrañas del pueblo. Sólo que ella parece haber errado su respuesta. Y no solo porque “Fragmentos” se haya convertido en un espacio expositivo consagrado en exclusiva al arte contemporáneo, tan elitista.

También se equivocó porque, como demuestra el monumento a la Resistencia erigido en Cali por la Primera línea, el mismo pueblo que rechaza los monumentos oficiales está dispuesto a erigir sus propios monumentos. A sus héroes, a sus luchas y a sus armas, poniendo así de presente que está tan decidido a construir el futuro como a abolir los símbolos de un pasado que hoy le resulta ignominioso.

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