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Antonio Caro

Abril 15, 2021 - 11:45 p. m. 2021-04-15 Por: Carlos Jiménez

La muerte de Antonio Caro me dolió y me sorprendió. Me dolió por el afecto que le profesaba desde que le conocí hace muchos años, cuando nos sorprendió a todos los amantes del arte con la pieza que presentó sino recuerdo mal en la inauguración en Bogotá de una edición del salón nacional de arte.

Consistía en una cabeza tallada en hielo de Carlos Lleras Restrepo que en el curso de la jornada se fue derritiendo hasta no dejar más que unas gafas negras de carey flotando en una cubeta llena de agua.

En esa misma época hizo otras piezas igual de punzantes que le aseguraron rápidamente un nombre en el mundo del arte. Como la pancarta ‘el imperialismo es un tigre de papel’ o la del nombre de Colombia escrito con la misma tipografía utilizada por la Coca Cola, impreso sobre el rojo que era y aún es el color corporativo de esta legendaria multinacional. La crítica política asociada en su caso a un excepcional talento para impactar la audiencia y comunicar sus combativos mensajes.

La sorpresa me la dio la inesperada repercusión de su muerte en medios que gozan de tanto prestigio y poder como el diario El Tiempo o la revista Semana, de tan destacado papel en la forja de la opinión pública dominante. Que la revista Arcadia haya lamentado igualmente su muerte no es motivo de sorpresa, porque al fin y al cabo es una revista literaria de vocación deliberadamente elitista. Lo sorprendente, insisto, es que lo hayan hecho un diario y un semanario que se ocupan por definición de los grandes temas nacionales y que por lo mismo no suelen prestar demasiada atención al arte contemporáneo. Y menos aún a figuras tan excéntricas como lo fue tanto en la vida como en el arte Antonio Caro.

Porque Caro nunca fue un artista tan profesionalizado y exitoso como lo son, aunque lo sean de maneras contrapuestas, Fernando Botero o Doris Salcedo. El extraordinario reconocimiento de la crítica, tanto nacional como extranjera, de su arte nunca estuvo acompañado del éxito comercial. De hecho, después de la breve edad de oro de creativo de la agencia Leo Burnett en Bogotá, sobrevivió durante mucho tiempo impartiendo talleres de creatividad por cuenta del Banco de la República.

Su estampa de hippie pasado de moda, mochila arhuaca incluida, se correspondía bien con su perenne estado de precariedad y con su obstinada santidad laica. La santidad que compartió con Alicia Barney, María Teresa Hincapié y Rosemberg Sandoval.

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