El ominoso silencio social

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El ominoso silencio social

Julio 04, 2020 - 11:00 p. m. Por: Carlos E. Climent

El 21 de junio de 2020 siete soldados colombianos entre los 18 y los 21 años, secuestraron a una niña Embera de 11 años de edad del resguardo indígena Dokabu de Pueblo Rico, noroeste de Risaralda. Se la llevaron a una zona apartada y seis de ellos se turnaron para violarla, mientras el séptimo servía de campanero. Las autoridades, actuando con presteza, condujeron ante un juez a los siete violadores, quienes fueron acusados de “acceso carnal abusivo contra menor de 14 años”. Según el criterio de algunos expertos, es probable que dicha acusación les represente una condena benigna.

Esta horripilante historia es de conocimiento general y hace parte de la misma pantomima de siempre. El ejército los expulsa de sus filas. Las autoridades prometen llegar hasta el fondo del asunto. La prensa convierte dicha historia en la gran noticia. En los corrillos sociales todo el mundo lo comenta, como el evento del día: “¡Qué horror! ¡Qué dolor!”. Pero, al día siguiente ya nadie se acuerda.

Lo mismo pasó con Yuliana Samboní hace más de tres años.
Y sigue sin pasar nada. Medicina Legal muestra que entre 2016 y 2019, 35.327 niños fueron atendidos en el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar por abuso sexual, mientras que otros 30.631 llegaron por maltrato físico y psicológico.

El abuso sexual contra menores entre los 5 y los 14 años ha aumentado a un ritmo alarmante (por lo menos 10 %) durante los últimos años. Se calcula que solo el 30 % de estos crímenes es reportado. Y las cifras de impunidad siguen cercanas al 95 %.

La pregunta es: ¿por qué todo sigue igual?

Parte de la respuesta es que la gente convive hipócritamente con la sociopatía cotidiana:

*No solo se toleran, sino que también se celebran las conductas machistas que hacen referencias lujuriosas hacia menores. Dichas referencias deberían considerarse perversiones sexuales pedofílicas y ser objeto de denuncias. *Socialmente se aplauden los comentarios lascivos (supuestamente inofensivos) y las insinuaciones obscenas hacia las mujeres en general, y hacia las subordinadas en particular.

*El gran jefe o el gran señor incrustado en las empresas, la política y la inmensa mayoría de las posiciones de poder, sigue impertérrito su marcha depredadora acosando subalternas incapaces de denunciarlo.

A este degenerado lo conoce todo el mundo, pero nadie abre la boca para denunciar su conducta criminal porque no “conviene”. Este es un silencio cómplice inaceptable. Y si la víctima (menor o mujer en la mayoría de los casos) denuncia, la sociedad se encarga de estigmatizarla y perseguirla.

Como sociedad, algo está podrido porque no estamos reconociendo la enorme responsabilidad que tenemos de denunciar conductas claramente antisociales.

A este respecto, recomiendo leer la columna ‘El jefe acosador’, de Vicky Dávila, donde propone que las víctimas denuncien a sus jefes (Semana, junio 28, 2020) (denuncioamijefe@gmail.com.

El silencio de la sociedad confirma una vez más la realidad universal de la banalidad cínica con la cual se tolera el mal en sus variaciones infinitas (Hannah Arendt, Eichmann in Jerusalén, Viking Penguin, 1963).

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