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Cali, mirá, vé

Uno puede leer sobre la salsa, sobre el Pacífico que desemboca en sus calles, sobre la calidez de su gente. Pero nada de eso prepara para el momento en que la ciudad decide adoptarte.

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Eduardo Hernández Incháustegui.
Eduardo Hernández Incháustegui. | Foto: Cortesía para El País.

25 de ene de 2026, 01:20 a. m.

Actualizado el 25 de ene de 2026, 01:20 a. m.

A punto de cumplir siete meses de inmersión profunda dentro de la cultura caleña y vallecaucana, admito que la ciudad me ha cautivado.

Un fin de semana, andando por el barrio San Antonio, me topé con un lugar llamado La Pócima.

Allí, pedí un canelazo y, en un momento de inspiración, me surgieron las siguientes líneas:

Mirá, vé

El río desbordado

Salsa eterna

Paredes retumban

Las caderas se juntan

El disco del melómano gira y gira y gira

Cuidado, no te caigas

Mirá, vé

Ritmo y sudor, ritmo y sabor

Viche, bongo y pipilongo

Busquen la lulada

Agua e’ lulo los domingos

Agua e’ panela pa’l guayabo

Mirá, vé

Aplaude

Sacúdete

Jairo en la Topa, vibrando

¡Que viva la música!, dijo Andrés

Mirá, vé

Sancocho espeso,

Pacífico caleño con pasto, paisa y rolo

Una vaina bien

More viche, por favor

Oiga, mire, vea

Con la punta ‘el pie

Vamo’ a decilo otra ve’

Cali, mirá, vé

Hay ciudades que se estudian y ciudades que se sienten. Cali pertenece a la segunda categoría.

Uno puede leer sobre la salsa, sobre el Pacífico que desemboca en sus calles, sobre la calidez de su gente. Pero nada de eso prepara para el momento en que la ciudad decide adoptarte.

A casi siete meses de haber llegado, ya no me siento visitante. Tampoco me atrevo a llamarme caleño. Soy, quizás, lo que el canelazo permite: alguien que vino de afuera y se quedó adentro.

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