Existir

Existir

Junio 21, 2018 - 06:58 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

Vivir para emocionarse con la belleza de lo que se mira, escucha o lee; la delicia de lo que se toca, come y bebe, o huele; el goce de descansar, soñar y despertar; el deleite de bailar, correr o caminar; la satisfacción de enterarse, estudiar y comprender; la tranquilidad de enseñar, opinar y tratar de trascender; y la libertad para hacer todo lo anterior, y respetar y hacerse respetar para poder coexistir.

Es decir, existir a la vez que los otros, como lo define el DLE, sin los cuales simplemente no es posible vivir; más que lejos se está en esta ciudad de entenderlo así, de comprender el derecho de cada uno a tener una vida real y verdadera, precisamente la que no tienen los que no lo entienden.

“Entrar a Cali -dice alias Gines de Pasamonte, ¿quién podrá ser?- es percibir muchas cosas, sobre todo en la radio que es el vaso comunicante por excelencia, con ella y su imperecedera Salsa. Pero adentrarse en la urbe es recuperar muchas cosas que flotan en nuestro recuerdo, como ir a San Antonio y estar en el campo dentro de la ciudad, por ejemplo”.
Pero, como remata el arquitecto Álvaro Thomas: “Ahora todo huele parejo: a música de aeropuerto...”, y el hecho es que la intolerancia amenaza dicho barrio, el mejor vividero de Cali a la fecha, y lamentablemente a toda una ciudad sin andenes en la que es una ‘buena’ noticia que sea en la que más carros se venden en el país.

De otro lado está comprobado, al menos estadísticamente, que los habitantes de las grandes ciudades tienen mayor riesgo de padecer afecciones psicológicas y psiquiátricas como depresión, ansiedad, o esquizofrenia, como que las personas con afecciones mentales van a ellas en busca de ayuda (F. Manes y M. Niro, Usar el cerebro, 2014, pp. 297 a 299). ¿Y quién no las va a tener en ciudades inseguras, nada funcionales, poco confortables, ruidosas y nada bellas? Además en medio de toda clase de desplazados y pordioseros, y una mafia originada por los traficantes de drogas, a la que sucumben los arribistas de última hora. Males que no se deben a las ciudades sino a su acelerado crecimiento, como Cali.

De ahí la vital importancia de conservar su patrimonio construido de interés cultural ya que el goce de la arquitectura no solo se vive en el tiempo y el espacio, sino que es parte de la memoria, y se goza con todos los sentidos y no apenas el de la vista, ya que este se nutre de ellos. Como explica Rodolfo Llinás, la visión no es un acto inmediato sino una relación entre la información suministrada por otros sentidos, la memoria y la nueva información percibida (Pablo Correa, Rodolfo Llinás / La pregunta difícil, 2017, p. 53). Así las cosas, cuando se ha borrado la memoria lo único que se percibe es el espectáculo, la moda, cuya emoción no puede perdurar en una existencia verdadera y real.

Como afirma Henri Lefebre en ‘El derecho a la ciudad’, 1968, “la industria puede prescindir de la ciudad antigua (preindustrial, precapitalista), pero, para ello, debe construir aglomeraciones en las que el carácter urbano se deteriora”, o, en palabras de Luis Arenas en ‘Fantasmas de la vida moderna’, 2011, “…en el terreno de la arquitectura cabría decir que la primera mitad del Siglo XX se empeñó en imaginar -y en ocasiones en construir- un mundo que la segunda mitad se ha dedicado a dinamitar con esmerada aplicación” (citados por Juanma Agulles, ‘La destrucción de la ciudad’, 2017, pp.7 y 57). Mas, ya en el Siglo XXI, además de lo contextual está lo sostenible frente al cambio climático.

Sigue en Twitter @BarneyCaldas

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