Cuando el médico es
el paciente

Septiembre 12, 2022 - 11:40 p. m. 2022-09-12 Por: Aura Lucía Mera

Henry Marsh, uno de los mejores neurocirujanos del mundo está condenado. Su cáncer de próstata avanza. Ya imparable. Siento una especie de corrientazo eléctrico en el ombligo ( me acostumbré a que mi ombligo es el receptor de mis emociones).

Asistí a su conversatorio en el Hay Festival de Cartagena hace unos años. Me leí y releí su primer libro ‘Ante todo no hagas daño’. Su segundo ‘Confesiones’, en las que compartía sus sueños, sus ilusiones, sus desengaños, sus triunfos y fracasos. “Todavía me persiguen los casos que salieron mal. Hay muchas tumbas en mi cementerio interior, todos los cirujanos las tenemos”.

Partidario de que los médicos ‘mientan’ o digan medias verdades para no aterrorizar al paciente. “No hay nada que asuste más a un paciente que un médico asustado, es un gran problema encontrar el equilibrio entre la preocupación y el afecto hacia el paciente y es necesario desapego científico para trabajar mejor” (apuntes tomados de una entrevista a Marsh en el XI Semanal, 2016).

Ahora el asustado es él. Hace muchos años empezaron los síntomas, pero “siempre pensé que las enfermedades les afectaban a las demás personas, pero no a los médicos. No le paré bolas. Ganas continuas de orinar, poca cantidad, además en la pandemia me dediqué a cosas más urgentes”.

Meses antes de ir al médico se hizo un scanner del cerebro. Había operado tantos que quiso mirar el suyo. ¡Oh sorpresa! A pesar de tener todas sus facultades, memoria, llevar una vida sana, montar en bicicleta y operar, vio con horror como su masa cerebral se había encogido. “Mi cerebro se está deteriorando, mi vida entera ya está en proceso de deterioro, contra la edad no hay remedio”. “Es aterrador, ya la línea final está marcada (...) Seguirá el deterioro. No creo que una vida longeva sea lo ideal, no deberíamos buscarla tan afanosamente”.

“Siempre he creído que a los pacientes hay que darles esperanza porque la esperanza es un estado emocional que ayuda, todo el cuerpo está interconectado”.

Regresando a su cáncer, admite: “Yo creí que el no darle importancia a mis síntomas me hacía estoico. Ahora entiendo que fue pura cobardía y negación dilatar, ya fui demasiado tarde.” Y afirma que es muy común entre los médicos, autoconvencerse de que ellos están fuera de peligro, para no caer en la hipocondría y el terror al tener que enfrentarse a diario con enfermedades incurables y vivir en medio del dolor y el sufrimiento de sus pacientes. “Se va formando una coraza sin que nos demos cuenta. Nos creemos inmunes”.

“Ahora soy el paciente, el hospital es como una prisión, la ropa te la quitan, te meten en cuartos pequeños y cerrados, tienes que obedecer las órdenes. Además, te identifican con un número, eres un número”. “Le entendí que si me iba bien podía vivir cinco años. O eso fue lo que quise entender. Ya crucé la delgada línea. Ya no soy el famoso neurocirujano, soy un paciente más con cáncer de próstata avanzado”.

“Morir puede ser fácil, rápido y sin dolor o puede ser horrible. El dolor se puede manejar, lo que me asusta es la pérdida de autonomía, verme tumbado en una cama con incontinencia, perder mi dignidad. La medicina es cada vez más cara y hay más gente mayor, más casos de cáncer, demencia y no tenemos ninguna respuesta para esto. Me aterroriza la demencia”.

"Soy un defensor ferviente de la muerte asistida. Quiero que mi vida acabe de una manera digna, no miserablemente drogado en un hospital”.
Su último libro titulado ‘And Finally: Matters of Life and Death’ ya salió a librerías. Salgo pitada y triste a buscarlo en alguna. Pienso en esos médicos fríos, impersonales, monetizados. Ojalá despertaran y cayeran en cuenta que “El paciente no existe, es un ser humano que está sufriendo y no un objeto de exploración con un número y una bata”. Ojo con la deshumanización rampante de la medicina. Ya lo viví con una amiga del alma.

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