Concilio de Jerusalén

Concilio de Jerusalén

Mayo 26, 2019 - 06:10 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Por monseñor Edgar de Jesús garcía, obispo de Palmira.

Hemos leído durante estos domingos de Pascua la experiencia de la primera evangelización protagonizada por los apóstoles y primeros discípulos de Jesús que se lanzaron, impulsados con la fuerza del Espíritu Santo, por toda Judea a enseñar con el testimonio y su palabra a Jesucristo muerto y resucitado. Por supuesto que tuvieron toda clase de dificultades: persecuciones, cárceles, azotes, puertas cerradas, calumnias, rechazos.

En este orden de realidades humanas tuvieron contrariedades doctrinales, conflictos, mentalidades abiertas, en fin, lo que pasa en la normal convivencia humana. Lo interesante de esta realidad vivida es ver cómo los primeros discípulos, movidos por el Espíritu Santo, resolvían estos problemas y cómo eran capaces de llegar a conciliaciones y acuerdos para el crecimiento de la comunidad.

El capítulo 15 de los Hechos de los apóstoles, llamado Concilio de Jerusalén, es una página maestra para ver un proceso de resolución pacífica del conflicto. Los judíos tradicionalistas alegaban en Antioquía de Siria que los nuevos conversos no judíos tenían que asumir las costumbres prescritas por Moisés para ser discípulos de Jesús. Pablo y Bernabé de mentalidad cristiana decían que no era necesario porque la ley no es la que salva sino la gracia de Dios.

Decidieron subir a Jerusalén para consultar a las autoridades (los apóstoles y presbíteros) sobre el problema. Se consulta a la autoridad puesta por Jesús y se dialoga personalmente. No es pertinente enviar razones, cartas, sino ir personalmente para dialogar el asunto con los que, llenos del Espíritu Santo, pueden orientar y explicar lo correcto.

Después de los consabidos diálogos las autoridades de Jerusalén enviaron a Judas Barsabá y a Silas, hombres eminentes en la comunidad para llevar la respuesta a los amigos de Antioquía. “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido, en efecto, no imponerles ninguna otra obligación fuera de lo indispensable. Les deseamos completo bienestar”.

Los problemas o los conflictos se solucionan a través del diálogo personal, el respeto a las personas, con las luces del Espíritu Santo, con la obediencia humilde, con la buena educación y el reconocimiento de que somos hermanos en la Iglesia de Jesucristo y no guerreros para argüir violentamente quien tiene la razón para ganar y derrotar a los demás.

Pienso que este puñado de discípulos de Jesús tenían muy claro en su corazón las palabras de Jesús en la tarde de la última cena: “El que me ama guardará mis palabras; y mi Padre lo amará y vendremos a Él y habitaremos en Él. El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre será quien se lo enseñe todo recordándoles todo cuanto le he dicho”. Juan 14, 23.26.

La verdad de la presencia personal en un diálogo respetuoso y abierto permite que, en una situación de conflicto, brille la dignidad, los derechos y los deberes de las personas implicadas en la solución de los problemas.

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