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Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

Octubre 18, 2020 - 06:15 a. m. Por: Arquidiócesis de Cali

Nos dice el evangelio de este domingo (Mt 22,15-22) que los fariseos llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Pero antes de la pregunta, hipócritamente lo alaban con estas palabras: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias”. El reconocimiento de lo que Jesús hace es estupendo; lástima de que quienes preguntan no vean más allá de las apariencias, pues a Jesús lo han visto como el carpintero, el de Nazaret de Galilea, es decir, el de la provincia, no de la capital, el que no ha estudiado a los pies de los grandes maestros de la época, como Gamaliel que fue un gran rabino… se quedaron en la apariencia, pero no en Jesús como el verdadero rostro de Dios.

Ahora sí viene la pregunta capciosa: “Dinos, pues, qué opinas: ¿Es lícito pagar impuesto al César o no?”. Si decía que sí, se echaba a todo el pueblo encima por ponerse de parte del imperio que los estaba subyugando a través de los impuestos; si decía no, se le venía encima el imperio pues lo tratarían como a un subversivo, opositor de Roma.

Lo que no se esperaban fue la respuesta de Jesús: “Hipócritas, ¿por qué me tientan? Enséñenme la moneda del impuesto”. Le presentaron un denario. Él les preguntó: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”. Le respondieron: “Del César”. Entonces les replicó: “Pues denle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Con la primera frase zanja el dilema que le habían puesto. Con la segunda, les estaba reprochando el que no vieran en Él la imagen de Dios.

No basta con pagar impuestos, con cumplir con lo establecido, con tener apariencia de buenos. Se necesita ir más allá, superar las apariencias y llegar al corazón. Como decía Saint-Exupéry, en el Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos, sólo se ve con el corazón”. Darle a Dios lo que es de Dios es aprender a reconocernos hijos de Dios, en el Hijo de Dios. Es aprender a no juzgar a nadie, a aceptar a todos cualquiera sea su edad, condición social, cultura, títulos o plata. Es ser imágenes del que nos amó hasta el extremo: Jesucristo.

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