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Música y poesía

Diciembre 22, 2020 - 11:40 p. m. 2020-12-22 Por: Alberto Valencia Gutiérrez

Daniel Samper, uno de los mejores columnistas de la historia de este país, dice en una entrevista que para hacer buenas columnas se requiere leer mucha poesía, porque “es imposible escribir con alguna posibilidad de comunicarse con la gente si no se lee poesía”. Extraña recomendación, no fácil de entender, pero que trato siempre de tener en cuenta cada que escribo. Antes de preguntarme por el sentido de lo que expreso o de apelar a mis conocimientos en materia de ‘corrección de estilo’ me pregunto ‘cómo suena’, es decir, si el texto está ‘afinado’ o ‘desafinado’, si el sonido de las palabras es armónico y sonoro, si a través de las frases el lector puede deslizarse sin obstáculos como en una melodía. La primera pregunta que hay que hacer al escribir, como los músicos, es, ‘cuál es el tono’. Lo demás vendrá por añadidura.

En el principio era la música, podríamos decir parafraseando una famosa expresión de Goethe en el Fausto. La poesía tiene que ver, en primer lugar, con la sonoridad de las palabras, tomadas en su expresión musical más primaria, tal como las conocemos en la más remota infancia. Más tarde aprendemos que esos sonidos se combinan para formar palabras y que las palabras luego forman frases con un significado. Tan primarias como el sonido son las representaciones visuales del mundo, las imágenes y las metáforas. ¿Qué hace el poeta? Retrotraernos a ese mundo primitivo de sonidos y de imágenes e intentar perpetuarlo a contrapelo de una educación que lo reprime.

Los libreros se quejan de que los libros de poesía no se venden. El problema es que leer poesía es difícil porque lo que buscamos muchas veces son poemas con un contenido claro y nos olvidamos que antes están los sonidos y las imágenes. Hay poetas que, sin perder la musicalidad, construyen poemas en los que exponen ideas o narran historias. Pero si queremos aprender a leer poesía lo primero que tenemos que entender es que el verso, la unidad básica de un poema, es música, tiene un ritmo que se apoya en la regularidad y en la sucesión de acentos y de pausas, en la repetición de las vocales o de las sílabas, en una sintaxis poética particular de la construcción de la frase, que se corta de manera imprevista, no para atender al sentido de lo que expresa, sino a la sonoridad de las palabras.

El poeta se expresa con elementos sonoros y piensa con imágenes. Los significados que dotan al poema de coherencia, no son más que una ‘elaboración secundaria’ que se agrega a las imágenes y a los sonidos, la verdadera materia prima del poema. Basta con leer Alturas de Machu Pichu o Residencia en la tierra de Pablo Neruda, donde encontramos la apoteosis de un mundo hecho de la libre asociación de imágenes y de sonidos. Igualmente cualquiera pierde el año tratando de entender qué quiere decir el poeta León de Greiff en su obra poética en prosa, por ejemplo, o buscando en el diccionario las palabras raras que utiliza. Lo que nos encontramos es con un arsenal de palabras que suenan como las teclas de un piano o las cuerdas de un violín.

Jacques Lacan decía que nuestro inconsciente está estructurado como un conjunto de significantes que no significan nada. El poeta León de Greiff lo dice más claro que el psicoanalista francés: “¿No es el verso una música de harpas,/ música de cristales, surtidor vidrioso?/ Música y Poesía, regocijo de los corazones,/ y quintaesencia del sentir y lujuriosa/ síntesis del pensar; -lepor, lauticia, letación inefable…”. Eso es lo que somos y lo que nos constituye; el punto de partida para habitar el mundo.

Aprender un poco de música desde este punto de vista es el ‘primer curso’, que una persona debe seguir para convertirse en escritor. De niño toqué bandola en una estudiantina escolar. Lo poco que sé de escribir se lo debo a mi bandola, un antiguo instrumento que ahora tengo entronizado en la sala de mi casa. Música y poesía para Navidad y Año Nuevo. Felicidades para todos.

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